Noticias de la Fundación Fernando Rielo.

Concierto 5 siglos de música coral

 El recital de los poetas Isabel Bernardo y Miguel de Santiago

El martes 10 de mayo tuvo lugar en el Centro Riojano de Madrid, dentro del Ciclo la Rioja Poética, dirigido por la poeta Rosario de la Cueva un recital de los poetas Isabel Bernardo y Miguel de Santiago, ambos galardonados, en distintas ediciones, con el Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, que fueron presentados por la Directora General de la Fundación Fernando Rielo, Ascensión Escamilla.  Isabel Bernardo y Miguel de Santiago hicieron un recital recorriendo cronológicamente sus distintos poemarios. Un disfrute, sin duda, para todo el público asistente. 

Presentación del libro «Donde más amanece «

PRESENTADO EN CÓRDOBA EL POEMARIO

DONDE MÁS AMANECE DE DANIEL COTTA,

GALARDONADO CON EL XLI PREMIO MUNDIAL

FERNANDO RIELO DE POESÍA MÍSTICA

El 19 de abril, tuvo lugar, organizada por el Centro Andaluz de las Letras, en su Delegación de Córdoba, coordinada por el escritor Antonio Luis Ginés, la presentación del libro Donde más amanece del poeta Daniel Cotta Lobato, obra galardonada con el XLI Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística.

Tras unas palabras de bienvenida por parte del coordinador del Centro, Antonio Luis Ginés, actuó de moderadora de las intervenciones la Directora General de la Fundación Fernando Rielo, Ascensión Escamilla, quien hizo una breve reseña del principal objetivo del Premio, creado por Fernando Rielo en 1981, que es dar a conocer y promover a aquellos poetas que unen una destreza poética con una experiencia de íntima unión con Dios.

Destacó aspectos de la obra que se presentaba, enmarcándola dentro de lo que Fernando Rielo entendía por poesía mística, tomadas del mensaje del Presidente del Premio en estas XLI edición. Citó también algunas frases de Monseñor César Franco, Obispo de Segovia, quien ha prologado el libro, y del juicio que la obra mereció a los miembros del Jurado para que fuera el poemario galardonado entre 267 de 29 países.

Juana Sánchez-Gey, profesora de la Universidad Autónoma de Madrid y Directora del Aula de Pensamiento de la Fundación, habló, en primer término, del estilo cercano del autor que hace percibir la presencia de Dios tanto en experiencias cotidianas como en temas de profundidad teológica como la Resurrección o la Eucaristía. Destacó cómo Daniel Cotta sabe unir esa sencillez dotada de una cálida emoción  con una maestría en el uso de distintas formas estilísticas clásicas.

Citó algunos datos de la polifacética bibliografía literaria del escritor Daniel Cotta, autor del poemario que presentábamos Donde más amanece y, a continuación, hizo una original lectura de la obra desde el parámetro de la oración de unión, a través del entendimiento, recogimiento; a través, de la voluntad, quietud; y a través de todo el ser, unción, recitando los poemas donde lo veía más claramente reflejado.

El protagonista del acto, Daniel Cotta, comenzó expresando su gratitud al Centro de las Letras Andaluzas de la Junta de Andalucía por la organización del mismo y a la Fundación por la publicación del libro, cuya bella portada ha sido diseñada por la hija de Daniel Cotta, María, estudiantes de Bellas Artes en la Universidad de Sevilla. Cotta agradeció las palabras que le habían precedido, que habían puesto su libro en una muy alta consideración y fue recitando poemas de las distintas partes que lo componen, expresando la intrahistoria de cada uno de ellos. Señaló que estábamos en un acto “transgresor” porque hoy no es tan habitual hablar de Dios, confesar la fe, de manera tan abierta.

Al acto asistió, como invitado especial el Obispo de Córdoba, Monseñor Demetrio Fernández, quien disfruto de la poesía mística de Donde más amanece.

El autor firmó numerosos ejemplares de su poemario para los asistentes.

Presentación del libro «La voz de tu latido»

La obra que estamos presentando es un libro de poesía mística, basada en experiencias personales, que tiende a buscar constantemente el latido de una voz interior que nos atrapa y nos seduce. Para mí la poesía mística es adentrarse en el misterio del alma que anhela el encuentro con Dios. Como dice el Salmo 62, “mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua,…”. También San Juan de la Cruz, nuestro poeta místico español del Siglo de Oro, expresaba así su deseo ardiente de Dios: “aquesta viva fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.

     En este sentido, el fundador de los misioneros y misioneras identes, Fernando Rielo, gran pensador, filósofo, metafísico, escritor y poeta, afirma que la poesía mística “consiste en expresar con destreza poética los diversos modos de la íntima experiencia personal que, en amor y dolor, el alma tiene de su unión con Dios…” Así, “la poesía mística tiene por finalidad la confesión de la fe. La palabra humana, siendo imagen y semejanza de la palabra divina, debe trazar con mística pincelada un lenguaje de perfumadas esencias escondidas que evoque, sin embargo, el celeste destino humano”.

     El libro que tiene entre sus manos está compuesto de sonetos, con fuerza expresiva, de impulso apasionado, hasta alcanzar –desde mi juicio– niveles de belleza mediante un lenguaje sencillamente elegante. En estos poemas se percibe la relación con Dios en diversas formas de anhelada búsqueda, desde la desesperación de la noche oscura, pasando por la decepción ante la aparente esquivez y aspereza del Amado, hasta el inmenso gozo por el encuentro amoroso con el Dios de  la vida en el hondón del alma. Os invito a adentraros en esta obra, a detenerse en el lenguaje, en las metáforas, en los paralelismos, en los recursos estilísticos, en definitiva, en la lengua, que es una especie de campo por el que pasamos todos los días desconocedores de que debajo de las huellas que pisamos hay tesoros escondidos. Si tocamos las palabras, si las preguntamos, si llamamos a la aldaba de sus puertas con cuidado, las palabras nos sorprenden, nos regalan, nos orientan, nos dan vida.

     Así, el poemario comienza con un soneto que expresa el dolor ante la ausencia del amor divino:

Me está doliendo el alma intensamente,

hasta afligir mi pecho malherido,

como un temblor de pájaro vencido,

o el suspiro sin fin de un beso ausente.

El agua de tu mar, con paso urgente,

inunda el corazón de amor perdido,

que dentro de mi ser cada latido

es una muerte dulce y transparente.

Derrámame en tus manos de alfarero,

pues sin tu amor la vida es un morirse,

bajo la piel de un llanto duradero.

¡Tanto sufrir de amor, tanto afligirse,

para un vivir muriendo, prisionero

de tanto amar y arder sin consumirse!

     La noche oscura, que está viviendo el alma del poeta, es una necesidad imperiosa de volver al pasado, en un tiempo y espacio nostálgico. Es una necesidad de huida: intentos desesperados para salir de traicioneras emociones. Es un desconcierto: no se sabe qué camino seguir. Es Desesperanza: imposibilidad de ver la luz al final de un túnel angosto y tenebroso. Así dice el poeta:

Déjame en tu paisaje ver la nieve

del cielo que me tienes prometido,

déjame oír la voz de tu latido,

y harás que mi esperanza se renueve.

Muéstrate en tu esplendor, deja que pruebe

de ese pan que levanta al hombre herido,

arráncale a tu viento su silbido,

antes de que mi grito se subleve.

Permíteme surcar en tus riberas

mi vital y lejana singladura

de los sueños de Dios y sus laderas.

Mas, ¿no dejas pasar mi noche oscura,

después de suplicar de mil maneras

por ver amanecer tu blanca albura?

     De este modo, la mirada poética se eleva al cielo, y la voz lírica se enuncia con tanta fuerza, que se sabe que llegará sin tardar a la “orilla”, de tal manera que Dios no puede permanecer impasible:

Si pasión yo te doy, tú me das cielo,

tenue brisa serás para mi vida,

otro viento de paz amanecida,

que revele el destino de este vuelo.

Si te entregas a mí, oh tierno anhelo,

cicatrizas la sangre de mi herida;

verdad eres al fin, lucha vencida,

tras tanta soledad y desconsuelo.

Me convoca en mi orilla tu ternura,

el temblor de una eterna primavera,

que el afán de otro tiempo nos procura.

¡Oh, castillo interior! ¡Ay, dulce hoguera!,

apaga ya la voz de esta locura,

que una lluvia de rosas nos espera.

     Creo que esta obra es un reflejo de cómo el poeta místico está anclado en esta vida entre los dos polos del misterio de Cristo: tristeza y gozo, dolor y amor, cruz y gloria, muerte y resurrección. Esta bipolaridad es la experiencia vivida por el poeta místico, testigo privilegiado de la obra de Dios en el mundo:

Te necesito así, crucificado,

hombre de Dios y siervo de dolores;

Necesito tus gritos salvadores

en la cruz redentora del pecado.

Te necesito, Dios, así hermanado

con los hombres que sufren mil temores,

y preparan tu cruz, devoradores

de tu cuerpo tan débil y entregado.

Necesito la ofrenda de tu vida,

para vencer mi miedo traicionero,

y sentir el latido de tu herida.

Te necesito, sí, porque te quiero,

y aunque mi fe se aleje malherida,

me esperarás clavado en tu madero.

     De este modo, este libro es un poemario compuesto bajo la forma métrica del soneto, y estructurado según las horas de la oración monástica, en distintos momentos del día, que a su vez se vinculan con las distintas etapas de la vida. De esta manera, la Liturgia de la Horas no sólo marca el ritmo de la jornada, sino que permite al orante participar en el Misterio de Dios, que celebra, canta y contempla a lo largo de toda una vida. Los poemas, revestidos de ecos bíblicos y de la tradición mística, tratan de expresar el profundo anhelo de un alma enamorada de encontrarse con Dios, al ritmo de las horas litúrgicas, sufriendo los sinsabores de la noche oscura, vacíos y penurias, hambrunas y sequedades, y entreviendo al fin el gozo del amor divino. Así dice el poeta:

Me esperarás soñando, dulcemente,

la eterna y renacida primavera;

Vigilará la luna en la frontera

del ocaso desnudo e indiferente.

Despertarán las aguas de tu fuente,

y encontraré tu nave en la ribera;

Volará la gaviota a su manera,

y te veré en tu cielo transparente.

Me esperarás, te dolerá mi olvido,

llorarás el furor de mi pecado,

y encontrarás tu pulso en mi latido.

Me esperarás, regresaré a tu lado,

me sentiré en tus brazos tan querido

que moriré en tu pecho enamorado.

     Desde muy antiguo y desde los rincones más recónditos del planeta, en todas las literaturas, culturas, tradiciones religiosas también, los seres humanos han cifrado como han podido, y a veces han podido hacerlo de una manera ilustremente buena, sus grandes aventuras. Pienso en la aventura de Ulises que tiene que estar 7 años recorriendo mares para ir de una ciudad arrasada por el fuego (Troya) a una casa que le reconoce como propia (Ítaca). Pienso en los argonautas Jasón y sus compañeros, que tienen que juntarse para buscar el vellocino de oro. Pienso en Gilgamesh y en enkidu, que tienen que buscar la flor azul (el lapislázuli), la inmortalidad, algo que les libre de la muerte. Pienso en el pueblo hebreo que tiene que vagar por desiertos pedregosos, insalubres y solitarios, acompañados de un Dios que se manifiesta como nube, o que se revela como zarza que quema. Muchas y muy preciosas aventuras. Pienso en Antígona, que tiene que luchar dignamente para que los suyos puedan recibir al menos el polvo de una sepultura digna. Hay bellísimas aventuras en la historia de los hombres. Muchas de ellas, como la de Prometeo, tiene que ver con la aventura del ser humano lanzándose a la búsqueda de Dios: Prometeo que va a buscar el fuego, que lo consigue y lo regala a los hombres, desconocedor de las consecuencias fatales que esto conllevará.

     Sin embargo, ninguna aventura, de ésas que están en los libros de nuestras bibliotecas, puede compararse en su preciosidad, en su vértigo, en su osadía, en su maravilla, con la de la poesía mística. Aquí está la aventura más fascinante, la épica más maravillosa de la historia. El viaje de la palabra hacia la carne, el viaje de Dios hacia la historia, el encuentro absolutamente definitivo de Dios con la sedienta alma del ser humano.

      Por eso, en mi libro quiero hablar de la carne y de la palabra. Quiero hablar con mi carne de la experiencia de la Palabra. Me gustaría presentar el guión no de un discurso, sino de una experiencia; ojalá no caiga en la tentación de traicionar a mi carne, de traicionar a mi vida.

     En definitiva, los poemas de este libro son un canto al amor de Dios, como una fuente que no cesa de manar, como el agua que quita la sed y refresca, que purifica y sostiene en el camino…; como la fuente que se convierte en punto de encuentro y referencia en el camino, que permite trazar una ruta en el desierto de la vida…  Es la fuente que mana y corre cada día, la fuente del amor de Dios donde se encuentra la salvación que da la vida. Como dice el poema de S. Juan de la Cruz, compuesto durante su prisión en Toledo donde el poeta místico permaneció en cautiverio durante largos meses, y cuyos versos constituyen una de las expresiones más logradas y bellas del deseo profundo del hombre, la experiencia del Dios más buscado en el centro del alma:

“Que bien sé yo la fonte que mana y corre,

aunque es de noche.

1. Aquella eterna fonte está escondida,

que bien sé yo do tiene su manida,

aunque es de noche.

2. Su origen no lo sé, pues no le tiene,

mas sé que todo origen de ella tiene,

aunque es de noche.

3. Sé que no puede ser cosa tan bella,

y que cielos y tierra beben de ella,

aunque es de noche…”

Juan Antonio Ruiz-Rodrigo (De la presentación del poemario La voz de tu latido)

Message from Jesús Fernández Hernández for the Forty-First Award Ceremony of the Fernando Rielo World Prize for Mystical Poetry

Rome, December 18, 2021

I extend my warmest greetings to the distinguished members of the Jury, to all the ecclesiastical and civil authorities, to the organizers of this event, and to all those who are online—lay people, priests, and religious—that have wished to accompany us in this Forty-First Award Ceremony of the Fernando Rielo World Prize for Mystical Poetry, which we are holding in this format because of the ongoing pandemic.

I am also addressing the ten finalist poets, who, having been chosen from among the 267 participants from 29 countries, have received recognition from the Fernando Rielo Foundation through the Jury’s judgement, which has been published in the international press. Our greetings, finally, to all the participants—many of them present online for this solemn event—whom we thank for their dedication in offering us their contributions and expressing the best of themselves.

If we want to know precisely what mystical poetry is, we must take into account, first of all, what poetry really is. Poetry, in Fernando Rielo’s opinion, is born with man. There has been no event that has not deserved the mausoleum of a poem. He assures us that “this greatness of language is due to the fact that poetry recreates what science cannot: the suffering thought of human creatures that cannot decipher the mystery of themselves.”[1] Poetry is inside the human being, but “it becomes a poem when the multiple resources of a language are placed at the disposal of the chosen aesthetic images that evoke the truth, the goodness, and the beauty of the cry of love.”[2]

If I refer to current poetry, I agree with Fernando Rielo that many poets have followed so-called “weak thinking.” This World Prize for Mystical Poetry, in its forty-one years of existence, has had the mission of confronting “weak poetry,” which has been running away from the natural effort and the inner demand for inspiration. “Inspiration,” Federico García Lorca used to say, “is fine, but you’d better hope it catches you working.” These are the textual words: “If it is true that I am a poet by the grace of God, it is also true that I am a poet by the grace of technique and effort.”[3]

I think we have achieved the result that many poets—more than 10,000 participants, in these forty-one years—have set out on the path towards that “strong poetry” which is the poetry of the great: “a poetry that is prophecy, confession, exigency, and testimony; a poetry that is entirely praise reflected in the experience of joy over the divine.”[4] This experience of jubilation is what is reflected in the poem when it has gone through the pain of love: “Yes, poet: love and pain are your kingdom,” says the Nobel Prize winner Vicente Aleixandre in his book Sombra del paraíso (Shadow of Paradise).

“There are poets,” the creator of this Prize affirms, “who know how to strengthen their vision, their experience of the divine, and there are poets who dedicate themselves to reducing or annulling this connatural or genetic vision by projecting their negativity into the aestheticism of language, in a taste for the fragmentary and the ephemeral, in affective sensorialism, or in the formless intensity of the instinctive. I affirm, in the face of this climate of anti-poetry, that whoever is capable of the effort of generosity, whoever is capable of the exigency of being sensitive to unity, to truth, to goodness, and to beauty, cannot be an atheist. That is why I state, in one of my proverbs in Transfiguration, that “atheism is thought / that flees from effort.”[5]

Gabriela Mistral, in her Decalogue of the Artist,declares “there is no atheistic art. Even if you do not love the Creator, you will affirm Him by creating in his likeness.” In Poetas españoles contemporáneos (Contemporary Spanish Poets), Dámaso Alonso uses these accurate words: “All poetry is religious. Sometimes it will seek God in Beauty. It will go to the minimum, to the subtlest delights, even to the game, perhaps. At other times it will turn, with intimate tearfulness, towards the smoky center of mystery; it will perhaps reach blasphemy. It doesn’t matter. If it tries to reflect the world, it imitates creative activity. When it sings with humble wonder, it blesses the Father’s hand. If it becomes resolute and wrathful, it recognizes the oppression of the mighty presence. If it is poured out into the great unknowns that torment the heart of man, it knocks at the great door. The poetry of all times thus goes in search of God.”[6]

Fernando Rielo takes it for granted that religious poetry is inseparable from the poetic enterprise. Everyone is called to explicitly or implicitly name God. If all are called to religious poetry, few are chosen for mystical poetry. Paralleling St. John of the Cross, we are all called to the highest degree of perfection of union with God, but the reason why so few arrive, he affirms in Living Flame of Love, “is not because God wants there to be only a few of these spirits that are raised up—rather, He would want them all to be perfect—but because He finds few vessels that will undergo such a high and lofty undertaking.”[7] All possible efforts and exigencies, taken on in mystical freedom, are the proper crucible to give celestial form to this burning flame of love.

According to these reflections, mystical poetry must go far beyond poetry in general and religious poetry in particular. What, then, is mystical poetry? If mystical life is an experience that contains the humanization of the divine for the divinization of the human, the poetic expression of this humanization-divinization should be offered to us—in extraordinary fashion, passing through all the aesthetic resources of language—by mystical poetry, which becomes a true or authentic literary genre. This is how Fernando Rielo expresses himself in this respect: “I affirm that mystical poetry, possessing its own autonomy, is a true literary genre because it elevates to art the expression of the experience of personal union with God, sculpted by the pain of love. Mystical poetry—in not being a search for a time or place to be transcended or a search for new aesthetic recreations, in not being susceptible to manipulation or linguistic games, in not drifting into mere technique or experimentation, in not constituting paths to knowledge or states of catarsis—is the most disinterested of all the arts. There is mystical poetry where every search, every meditation, every discourse, every effort of technique and linguistic manipulation, and every merely human projection end. If words do not detach themselves from their physis, from their literalness, from their projected phenomenology; if poets are satisfied with their verses, if they look at themselves and contemplate themselves in their own poems, there is no mystical poetry. Mystical poetry is personification, it is a face, it is the presence of a soul united to the divine…. Mystical poetry, using the best aesthetic possibilities of the word, consists of personal [theanthropic] communication—that is, in the personal action of God in the human person together with the human person…. Mystical poetry is not meditation on the basis of anecdote, however much the latter is transcended, nor is it a way of knowing the divine. In this sense, I paraphrase a well-known sentence of the Doctor of Carmel: “The mystic knows poetry through God, and not God through poetry.”[8] All communicative knowledge is reduced to a charismatic, penetrating touch that God freely produces in the human being with the free response of the human being. This mystical touch is inspiration and ecstasy. Someone has said that in “ecstasy is found the freedom of history and its events.” I affirm, rather, that ecstasy is mystical libertas amoris of the divine libertas amoris.”[9] The creator of this prize goes on to affirm that “in the face of all egotization and indifference, in the face of all dehumanizing and desacralizing zeal, the mystical poet has a definite regal, prophetic, and priestly mission: to announce, with freedom defined by the creative beauty of love, betrothed divine filiation, a gift that all mortals, if they decisively accept it, can, for heavenly immortality, receive from the Most Holy Trinity.”[10]

But it must be borne in mind that “mystical experience is not reducible to particular molds of poetic expression; rather, mystical poetry involves an enormous creativity of forms that lend their dexterity to analytical study. This aesthetic polychrome radiates into spoken and written language. The supreme model of this mystical poetry, Fernando Rielo goes so far as to affirm, is Christ Himself, “the greatest poet, who, through love, elevates tragedy to the highest lyric sculpted into pure Word: the Word of incarnate gold and redeeming blood. I unite myself with Him to man, bleeding humanity: to Arabian prophecy, because Christ is a prophet; to the Jewish race, because He is of their race; to all religion, because He is the Anointed One; to the atheist and agnostic, because Christ is their brother. This is the hour in which the poet must become the herald of a mystical peace that only begets peace, that only begets love: love and its beauty, even if there is dark fog. Christ, our poet, from his humanity made a poem of broken verses for the health of a wandering human being who, as an indefatigable child, would form by himself a vivid poem from a dead leaf.”[11] The Gospel presents us with innumerable examples of daily life that teach us the transcendent dimension of all human activity, however humble it may be, and also makes us sharers in the heavenly transcendence of all nature. Christ raises to the dignity of the kingdom of God a humanism which, beginning in this life, acquires in heaven the supreme grandeur of the just who shine like the sun with the Father.

“The Gospel thus contains the code, the genetic reading of mystical poetry: the fullness of divine love incarnated in Christ is expressed by means of the most diverse literary forms, unsurpassed until today: the parable, synthesis of comparison and metaphor; the doxology, supreme expression of praise and exaltation; the paradigm, example of narration that implies the profound wisdom of the proverb and the sentence; the parenesis, exhortative discourse of full teaching; the hymn, the supplication, the thanksgiving, the acclamation, the metaphor, the allegory, and so on. I can affirm that in the word of Christ is found the seed of all possible literary forms. My sentence for current theology and, in general, for Catholic and ecumenical culture, is serious: the theologian, the person engaged in hermeneutics, the moralist, and the believer lack poetry.”[12]

In his message for the World Prize for Mystical Poetry on December 11, 1995, Fernando Rielo also made the following exhortation, valid for our times, even though these are times of pandemic: “Allow me to make an urgent invitation to all those who feel themselves summoned by the unmistakable power of poetry so that, amassing mystical experience and culture, they may be the authentic architects who, in scanning their inspired word, design the new buildings, the new parks, the new squares, the new avenues, which will give the most distinguished configuration, the most finished sumptuousness to the emblematic capital of art—that is, mystical poetry.”[13] And in his message of December 1990, he ended his speech with these exhortative words: “I summon young people to rise again, as in ancient times, to discover the mystical life until you reach with unceasing step the summit of that union that St. John of the Cross defines as total transformation of love in the Beloved, where, insofar as possible in this life, your soul is made divine. Walk, recollected by the three royal faculties or powers I attribute to the soul and its virtue: a mind formed in faith, a will formed in hope, and a freedom formed in love.”[14]

With these words of the poet, philosopher, mystic, and founder Fernando Rielo, I conclude this message, in which I have tried to faithfully reflect the spirit that he wanted to transmit to those who, in feeling themselves to be poets, produce, with their confession, art, and witness, what mystical poetry means: true peace, mystical joy, and authentic freedom, which only the union of divine love can produce, even if there is pain and dark fog.

Thank you.

Fr. Jesús Fernández Hernández, M.Id

                                                                     President of the Fernando Rielo

    World Prize for Mystical Poetry


[1] Fernando Rielo, Message, December 6, 1985.

[2] Fernando Rielo, Message, December 13, 2000.

[3] F. García Lorca, Obras completas, vol. III, (Barcelona, 1997), 308.

[4] Fernando Rielo, Message, December 9, 2003.

[5] Fernando Rielo, Message, December 9, 2003.

[6] Dámaso Alonso, Obras Completas, IV (Madrid, 1975), 878-879.

[7] Living Flame of Love, 2, 27.

[8] Flame, 4.4.

[9] Fernando Rielo, Message, December 14, 1998.

[10] Fernando Rielo, Message, 12 December 2002.

[11] Fernando Rielo, Message, December 10, 1990.

[12] Fernando Rielo, Message, December 12. 1996.

[13] Fernando Rielo, Message, December 11, 1995.

[14] Fernando Rielo, Message, December 10, 1990.

Mensaje del P. Jesús Fernández para el XLIº Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística


Roma, 18 de diciembre de 2021

Estimado público:

Si queremos saber con precisión lo que es poesía mística, debemos tener en cuenta, primeramente, lo que es, en realidad, la poesía. Esta, en opinión de Fernando Rielo, nace con el hombre. No ha habido suceso alguno que no haya merecido el mausoleo de un poema. Nos asegura que “débese esta grandeza del lenguaje a que la poesía recrea lo que no puede hacer la ciencia: el doliente pensamiento de una criatura humana que no logra descifrar el misterio de sí misma”[1]. La poesía está en el interior del ser humano, pero “se hace poema cuando los múltiples recursos de una lengua se ponen en función de las escogidas imágenes estéticas que evocan la verdad, la bondad y la belleza del llanto del amor”[2].

Si me refiero a la poesía actual, estoy de acuerdo con Fernando Rielo en que muchos poetas han hecho seguidismo del llamado “pensamiento débil”. Este premio mundial de poesía mística, en sus 41 años de existencia, ha tenido la misión de hacer frente a una “poesía débil”, que ha estado huyendo del natural esfuerzo y de la exigencia interior de inspiración. “La inspiración —venía a decir Federico García Lorca— está bien, pero realmente más te vale que te pille trabajando”. Suyas son las palabras textuales: “Si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios, también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo”[3].

Pienso que hemos logrado que muchos poetas, más de 10.000 participantes, en estos 41 años, se hayan puesto en camino hacia esa “poesía fuerte” que es la poesía de los grandes: “una poesía que es profecía, confesión, exigencia y testimonio; una poesía que es toda ella alabanza reflejada en la experiencia de júbilo por lo divino”[4]. Esta experiencia de júbilo es la que viene reflejada en el poema cuando ha pasado por el dolor del amor: “Sí, poeta: el amor y el dolor son tu reino”, llega a decir el Premio Nobel, Vicente Aleixandre, en su libro Sombra del Paraíso.

“Hay poetas —afirmará el creador de este Premio— que saben potenciar su visión, su experiencia de lo divino, y hay poetas que se dedican a reducir o anular esta connatural o genética visión proyectando su negatividad en el esteticismo del lenguaje, en el gusto por lo fragmentario y lo efímero, en el sensorialismo afectivo o en la intensidad informe de lo instintivo. Afirmo, frente a este clima de antipoesía, que quien es capaz del esfuerzo de la generosidad, quien es capaz de la exigencia de ser sensible a la unidad, a la verdad, a la bondad y a la belleza, no puede ser ateo. Afirmo, por ello, en uno de mis proverbios de Transfiguración que “El ateísmo es pensamiento / que huye del esfuerzo”»[5].

Gabriela Mistral, en su Decálogo del artista”, viene a sentenciar: “No hay arte ateo. Aunque no ames al creador, lo afirmarás creando a su semejanza”. En Poetas españoles contemporáneos, Dámaso Alonso plasma estas certeras palabras: “Toda poesía es religiosa. Buscará unas veces a Dios en la Belleza. Llegará a lo mínimo, a las delicias más sutiles, hasta el juego, acaso. Se volverá otras veces, con íntimo desgarrón, hacia el centro humeante del misterio, llegará quizá a la blasfemia. No importa. Si trata de reflejar el mundo, imita la creadora actividad. Cuando lo canta con humilde asombro, bendice la mano del Padre. Si se resuelve, iracunda, reconoce la opresión de la poderosa presencia. Si se vierte hacia las grandes incógnitas que fustigan el corazón del hombre, a la gran puerta llama. Así va la poesía de todos los tiempos en busca de Dios”[6].

Fernando Rielo da por asentado que la poesía religiosa es inseparable del quehacer poético. Todos son llamados a nombrar explícita o implícitamente a Dios. Si todos son llamados a la poesía religiosa, pocos son los escogidos para la poesía mística. Parangonando a san Juan de la Cruz, todos estamos llamados al más alto grado de perfección de unión con Dios, pero la causa por la que llegan tan pocos, afirma en Llama de amor viva, “no es porque Dios quiera que haya pocos de estos espíritus levantados, que antes querría que todos fuesen perfectos, sino que halla pocos vasos que sufran tan alta y subida obra”[7]. Todo esfuerzo y exigencia posibles, asumidos en mística libertad, son el crisol adecuado para dar forma celeste a esta encendida llama de amor.

Según estas reflexiones, la poesía mística tiene que ir mucho más allá de la poesía en general y de la poesía religiosa en particular. ¿Qué es entonces la poesía mística? Si la mística es experiencia que encierra la humanización de lo divino para divinización de lo humano, la expresividad poética de esta humanización-divinización nos la tiene que ofrecer, extraordinariamente, recorriendo todos los recursos estéticos de la lengua, la poesía mística, que se convierte en verdadero o auténtico género literario. Así se expresa, a este respecto, Fernando Rielo: «Afirmo que la poesía mística, poseyendo su propia autonomía, es verdadero género literario porque eleva a arte la expresividad de la experiencia de la unión personal con Dios, cincelada por el dolor del amor. La poesía mística, no siendo búsqueda de un tiempo o lugar transcendidos, ni hallazgo de nuevas recreaciones estéticas, no haciéndose susceptible de manipulación ni de juego lingüístico, no derivando en técnicas ni experimentaciones, no constituyendo vías de conocimiento ni estados de catarsis, es la más desinteresada de todas las artes. Hay poesía mística allí donde termina toda búsqueda, toda meditación, todo discurso, todo esfuerzo de la técnica y de la manipulación lingüística, toda proyección meramente humana. Si las palabras no se desprenden de su physis, de su literalidad, de su proyectada fenomenología; si el poeta se satisface en sus versos, se mira y se contempla en sus propios poemas, no hay poesía mística. La poesía mística es personificación, es rostro, es presencia de un alma unida a lo divino. […]. La poesía mística consiste, utilizando las mejores posibilidades estéticas de la palabra, en una personal comunicación teándrica; esto es, en la personal acción de Dios en la persona humana con la persona humana. […]. La poesía mística no es meditación a partir de la anécdota por mucho que esta quede transcendida, ni tampoco es vía de conocimiento de lo divino. Hago, en este sentido, paráfrasis de una conocida sentencia del Doctor del Carmelo: “el místico conoce por Dios la poesía, y no por la poesía a Dios”[8]. Todo saber comunicativo se reduce a un toque carismático, penetrativo, que Dios libremente produce en el ser humano con la libre respuesta del ser humano. Este místico toque es inspiración y es éxtasis. Alguien ha dicho que en “el éxtasis se encuentra la libertad de la historia y sus sucesos”. Afirmo, más bien, que el éxtasis es mística libertas amoris de la divina libertas amoris»[9]. El creador de este premio sigue afirmando que “frente a toda egotización e indiferencia, frente a todo afán deshumanizador y desacralizante, el poeta místico posee definida misión regia, profética y sacerdotal: anunciar, con libertad definida por la creativa hermosura del amor, la desposada filiación divina, don que todo mortal, si decididamente lo acepta, puede, para celeste inmortalidad, recibir de la Santísima Trinidad”[10].

Pero hay que tener en cuenta que “la experiencia mística no es reductiva a unos moldes determinados de poética expresión; antes bien, la poesía mística es de una enorme creatividad de formas que prestan su destreza al estudio analítico. Esta policromía estética se irradia en el lenguaje hablado y en el lenguaje escrito. El modelo supremo de esta poesía mística —llega a afirmar Fernando Rielo— es el mismo Cristo, “el más grande poeta, que eleva, por medio del amor, la tragedia a la más alta lírica tallada en puro Verbo: Verbo de oro encarnado y sangre redentora. Me uno con Él al hombre, humanidad sangrante: al profetismo árabe, porque Cristo es profeta; a la raza judía, porque Él es de su raza; a toda religión, porque Él es el Ungido; al ateo y agnóstico, porque Cristo es su hermano. Hora ésta en que el poeta debe hacerse pregón de una mística paz que solo engendre paz, que solo engendre amor: amor y su hermosura, aunque haya oscura niebla. Cristo, nuestro poeta, de su humanidad hizo un poema de versos rotos para salud de un ser humano errante que, niño infatigable, formara por sí mismo de una hoja muerta un vívido poema»[11]. El Evangelio nos presenta innumerables ejemplos de vida cotidiana que nos enseñan la dimensión transcendente de toda actividad humana, por muy humilde que esta sea, y también nos hace partícipes de la transcendencia celeste de toda la naturaleza. Cristo eleva a dignidad de reino de Dios un humanismo que, comenzando en esta vida, adquiere en el cielo la suprema grandeza de los justos que brillan como el sol junto al Padre.

«El Evangelio contiene, de este modo, el código, la lectura genética de la poesía mística: la plenitud del amor divino encarnado en Cristo se expresa por medio de las más diversas formas literarias hasta hoy insuperables: la parábola, síntesis de la comparación y metáfora; la doxología, suprema expresión de alabanza y ensalzamiento; el paradigma, ejemplo de narración que implicita la honda sabiduría del proverbio y la sentencia; la parénesis, discurso exhortativo de enseñanza pleno; el himno, la súplica, la acción de gracias, la aclamación, la metáfora, la alegoría… Puedo afirmar que en la palabra de Cristo se encuentra la semilla de todas las formas literarias posibles. Mi sentencia para la teología actual y, en general, para la cultura católica y ecuménica, es grave: falta poesía al teólogo, al hermeneuta, al moralista, al creyente»[12].

En su mensaje del Premio Mundial de Poesía Mística del 11 de diciembre de 1995, Fernando Rielo hacía también la siguiente exhortación, válida para nuestros días, aunque sean tiempos de pandemia: «Permítanme que haga urgente invitación a todos los que se sientan convocados por el inconfundible poder de la poesía para que, amasando experiencia mística y cultura, sean los auténticos arquitectos que, escandiendo su inspirada palabra, diseñen los nuevos edificios, los nuevos parques, las nuevas plazas, las nuevas avenidas, que den la más señera configuración, la más acabada suntuosidad a la emblemática capital del arte; esto es, la poesía mística»[13]. Y en su mensaje de diciembre de 1990, terminaba su discurso con estas exhortativas palabras: “Convoco a los jóvenes para alzaros de nuevo, como en tiempos antiguos, a descubrir la vida mística hasta alcanzar con incesante paso la cima de esa unión que san Juan de la Cruz define por total transformación de amor en el Amado donde vuestra alma quede, cuanto se puede en esta vida, hecha divina. Caminad recogidos por los tres regios claustros o potencias que digo del alma y su virtud: una mente formada en fe, una voluntad formada en esperanza, y una libertad formada en el amor»[14].

Con esta palabra del poeta, filósofo, místico y fundador Fernando Rielo, concluyo este mensaje, en el que he intentado reflejar fielmente el espíritu que él quiso transmitir a los que, sintiéndose poetas, produzcan, con su confesión, arte y testimonio, lo que significa la poesía mística: la verdadera paz, la mística alegría y la auténtica libertad, que solo la unión de amor divino puede producir, aunque haya dolor y oscura niebla.

He terminado.

Fdo.: P. Jesús Fernández Hernández

Presidente del Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística


[1] F. Rielo, Mensaje, 6 de diciembre de 1985.

[2] F. Rielo, Mensaje, 13 de diciembre de 2000.

[3] F. García Lorca, Obras completas, vol. III, (Barcelona,1997), 308.

[4] F. Rielo, Mensaje, 9 de diciembre de 2003.

[5] F. Rielo, Mensaje, 9 de diciembre de 2003.

[6] Dámaso Alonso, Obras Completas, IV (Madrid, 1975), 878-879.

[7] Llama de amor viva, 2, 27.

[8] Llama, 4,4.

[9] F. Rielo, Mensaje, 14 de diciembre de 1998.

[10] F. Rielo, Mensaje, 12 de diciembre de 2002.

[11] F. Rielo, Mensaje, 10 de diciembre de 1990.

[12] F. Rielo, Mensaje, 12 de diciembre de 1996.

[13] F. Rielo, Mensaje, 11 de diciembre de 1995.

[14] F. Rielo, Mensaje, 10 de diciembre de 1990.



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