Pensamiento

En su estudio Tratamiento sicoético en la educación (1996), F. Rielo habla de estas disgenesias al concebir el ego como proyección en la sique de los estados “disgenésicos” del yo: a) de orden síquico, las relacionadas con la egofrenia, que es estado agresivo o depresivo reductor de la capacidad de amorosa donación al otro convirtiéndolo, mental y afectivamente, en el objeto de transferencia y proyección de las propias anomalías; b) de orden moral, las relacionadas con el egoísmo, que es estado de un individuo que, aunque capaz de algunos actos generosos, pone su yo como centro de interés en detrimento del otro; c) de orden ontológico, las relacionadas con la egolatría, que es estado agresivo o depresivo de un individuo que, centrando todo hacia sí, encuentra su razón de ser en el culto a su personalidad.

Fernando RieloToda la problemática que arroja la historia del pensamiento tiene, para Rielo, su origen en aquel proceder tautologizante que arroja el seudoprincipio de identidad inoculado en el tó ón ésti griego, en “el ser es” parmenídico, con el que se inicia una metafísica inmóvil, insustancial, estéril. La fruta prohibida, que saboreó con Parménides el absolutizante pensar filosófico de todos los sistemas del pensamiento, se pudrió en la fórmula “el ser es el ser y el no-ser es el no-ser” del seudoprincipio de identidad con sus carentes de sentido sintáctico, semántico y metafísico: sintáctico, porque el functor monádico [“es”], mutándose en una seudoestructura oracional, hace incapaz la comunicación de un supuesto lenguaje cuya lectura se reduzca a la identidad; semántico, porque, supuesta la destrucción sintáctica, toda fórmula identitática, portando la misma validez la afirmación que la negación, queda vacía de contenido; metafísico, porque la identidad, pretendiendo evitar la petitio principii, se transforma a sí misma en la propia petitio principii en tal grado que la identidad nunca puede alcanzar a su propia identidad.

Este seudoprincipio de identidad es un antivectorial que, carente de dirección y sentido, el Fundador de la Escuela Idente denomina: per degradationem libertatis, “pecado original de la religión”; per degradationem intelligentiae, “pecado original de la metafísica”. Si nos referimos al pecado original de la inteligencia, transmitido históricamente por la fórmula parmenídica, éste ha contaminado el episodio de la reflexión filosófica en tal grado que, a pesar de destacados intentos por arrojar de sí sus inevitables contradicciones y carencias de sentido, ninguna filosofía –incluso las de carácter dialéctico que creen rechazarlo– parece haberse librado de tal lacra identitática. Ésta es la razón por la que toda noción que, elevada a absoluto, ha intentado constituirse en fundamento interpretativo, ha quedado “mal formada” proporcionándonos una visión estrábica de la realidad. Y es que, cuando el actuar humano se produce en cohabitación con la identidad, ésta le inocula su propia disgenesia portadora de contravalores susceptibles de desarrollar diferentes males: el error, la deformación, la desunión, el desamor, el enfrentamiento, la decadencia, la destrucción… se activan o se solapan en toda afirmación identitática.

Este descalabro de la metafísica histórica anuncia, con la concepción genética del principio de relación de Fernando Rielo, una nueva forma de concebir la filosofía: el giro místico o teándrico de la ontología rieliana, con el supuesto de la concepción genética de su metafísica, frente a los tres paradigmas que, sucediéndose e interfiriéndose entre sí, han aportado, según él, una visión sesgada de la realidad: paradigma teocéntrico, donde destaca el panteos con negación del ser humano; paradigma antropocéntrico, donde domina el panántropos con negación de Dios; paradigma morfocéntrico, donde prevalece el panmorfos con negación de Dios y del ser humano.

El inquietum cor agustiniano no posee límite, por eso –si no quiere ir a la deriva– tiene necesidad de un referente transcendental que le defina y le convenza de qué estirpe es. Y es el reconocimiento de esta indigencia existencial lo que proporciona al ser humano el inicio de una visión “bien formada”. Esta visio formata puede hacerse con la concepción genética del principio de relación porque halla su poder fundante en ese mismo principio que transmite a la inteligencia aquella lectura genética que la inclina a actuar con las características propias que se dicen del vector: intensidad, dirección y sentido. Hay que precisar que el término “genético” es, en el pensamiento de F. Rielo, un concepto abierto que, significando “transmisión hereditaria de valores”, se refiere per communicationem et non per analogiam, no sólo al ámbito biológico, sino también, al sicológico, moral, ontológico, metafísico.

De este modo, si nos referimos al carácter ontológico del comportamiento genético, éste es el indicio evidente de que el ser humano es un absolutivo singular que, procediendo del Absoluto singular, recibe de éste el patrimonio genético que, formándole a su imagen y semejanza, da razón inconfundible de su origen y destino. La concepción genética del principio de relación tiene, entonces, dos ámbitos: general, de carácter racional; específico, de carácter revelado.