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Presentación del libro «La voz de tu latido»

La obra que estamos presentando es un libro de poesía mística, basada en experiencias personales, que tiende a buscar constantemente el latido de una voz interior que nos atrapa y nos seduce. Para mí la poesía mística es adentrarse en el misterio del alma que anhela el encuentro con Dios. Como dice el Salmo 62, “mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua,…”. También San Juan de la Cruz, nuestro poeta místico español del Siglo de Oro, expresaba así su deseo ardiente de Dios: “aquesta viva fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.

     En este sentido, el fundador de los misioneros y misioneras identes, Fernando Rielo, gran pensador, filósofo, metafísico, escritor y poeta, afirma que la poesía mística “consiste en expresar con destreza poética los diversos modos de la íntima experiencia personal que, en amor y dolor, el alma tiene de su unión con Dios…” Así, “la poesía mística tiene por finalidad la confesión de la fe. La palabra humana, siendo imagen y semejanza de la palabra divina, debe trazar con mística pincelada un lenguaje de perfumadas esencias escondidas que evoque, sin embargo, el celeste destino humano”.

     El libro que tiene entre sus manos está compuesto de sonetos, con fuerza expresiva, de impulso apasionado, hasta alcanzar –desde mi juicio– niveles de belleza mediante un lenguaje sencillamente elegante. En estos poemas se percibe la relación con Dios en diversas formas de anhelada búsqueda, desde la desesperación de la noche oscura, pasando por la decepción ante la aparente esquivez y aspereza del Amado, hasta el inmenso gozo por el encuentro amoroso con el Dios de  la vida en el hondón del alma. Os invito a adentraros en esta obra, a detenerse en el lenguaje, en las metáforas, en los paralelismos, en los recursos estilísticos, en definitiva, en la lengua, que es una especie de campo por el que pasamos todos los días desconocedores de que debajo de las huellas que pisamos hay tesoros escondidos. Si tocamos las palabras, si las preguntamos, si llamamos a la aldaba de sus puertas con cuidado, las palabras nos sorprenden, nos regalan, nos orientan, nos dan vida.

     Así, el poemario comienza con un soneto que expresa el dolor ante la ausencia del amor divino:

Me está doliendo el alma intensamente,

hasta afligir mi pecho malherido,

como un temblor de pájaro vencido,

o el suspiro sin fin de un beso ausente.

El agua de tu mar, con paso urgente,

inunda el corazón de amor perdido,

que dentro de mi ser cada latido

es una muerte dulce y transparente.

Derrámame en tus manos de alfarero,

pues sin tu amor la vida es un morirse,

bajo la piel de un llanto duradero.

¡Tanto sufrir de amor, tanto afligirse,

para un vivir muriendo, prisionero

de tanto amar y arder sin consumirse!

     La noche oscura, que está viviendo el alma del poeta, es una necesidad imperiosa de volver al pasado, en un tiempo y espacio nostálgico. Es una necesidad de huida: intentos desesperados para salir de traicioneras emociones. Es un desconcierto: no se sabe qué camino seguir. Es Desesperanza: imposibilidad de ver la luz al final de un túnel angosto y tenebroso. Así dice el poeta:

Déjame en tu paisaje ver la nieve

del cielo que me tienes prometido,

déjame oír la voz de tu latido,

y harás que mi esperanza se renueve.

Muéstrate en tu esplendor, deja que pruebe

de ese pan que levanta al hombre herido,

arráncale a tu viento su silbido,

antes de que mi grito se subleve.

Permíteme surcar en tus riberas

mi vital y lejana singladura

de los sueños de Dios y sus laderas.

Mas, ¿no dejas pasar mi noche oscura,

después de suplicar de mil maneras

por ver amanecer tu blanca albura?

     De este modo, la mirada poética se eleva al cielo, y la voz lírica se enuncia con tanta fuerza, que se sabe que llegará sin tardar a la “orilla”, de tal manera que Dios no puede permanecer impasible:

Si pasión yo te doy, tú me das cielo,

tenue brisa serás para mi vida,

otro viento de paz amanecida,

que revele el destino de este vuelo.

Si te entregas a mí, oh tierno anhelo,

cicatrizas la sangre de mi herida;

verdad eres al fin, lucha vencida,

tras tanta soledad y desconsuelo.

Me convoca en mi orilla tu ternura,

el temblor de una eterna primavera,

que el afán de otro tiempo nos procura.

¡Oh, castillo interior! ¡Ay, dulce hoguera!,

apaga ya la voz de esta locura,

que una lluvia de rosas nos espera.

     Creo que esta obra es un reflejo de cómo el poeta místico está anclado en esta vida entre los dos polos del misterio de Cristo: tristeza y gozo, dolor y amor, cruz y gloria, muerte y resurrección. Esta bipolaridad es la experiencia vivida por el poeta místico, testigo privilegiado de la obra de Dios en el mundo:

Te necesito así, crucificado,

hombre de Dios y siervo de dolores;

Necesito tus gritos salvadores

en la cruz redentora del pecado.

Te necesito, Dios, así hermanado

con los hombres que sufren mil temores,

y preparan tu cruz, devoradores

de tu cuerpo tan débil y entregado.

Necesito la ofrenda de tu vida,

para vencer mi miedo traicionero,

y sentir el latido de tu herida.

Te necesito, sí, porque te quiero,

y aunque mi fe se aleje malherida,

me esperarás clavado en tu madero.

     De este modo, este libro es un poemario compuesto bajo la forma métrica del soneto, y estructurado según las horas de la oración monástica, en distintos momentos del día, que a su vez se vinculan con las distintas etapas de la vida. De esta manera, la Liturgia de la Horas no sólo marca el ritmo de la jornada, sino que permite al orante participar en el Misterio de Dios, que celebra, canta y contempla a lo largo de toda una vida. Los poemas, revestidos de ecos bíblicos y de la tradición mística, tratan de expresar el profundo anhelo de un alma enamorada de encontrarse con Dios, al ritmo de las horas litúrgicas, sufriendo los sinsabores de la noche oscura, vacíos y penurias, hambrunas y sequedades, y entreviendo al fin el gozo del amor divino. Así dice el poeta:

Me esperarás soñando, dulcemente,

la eterna y renacida primavera;

Vigilará la luna en la frontera

del ocaso desnudo e indiferente.

Despertarán las aguas de tu fuente,

y encontraré tu nave en la ribera;

Volará la gaviota a su manera,

y te veré en tu cielo transparente.

Me esperarás, te dolerá mi olvido,

llorarás el furor de mi pecado,

y encontrarás tu pulso en mi latido.

Me esperarás, regresaré a tu lado,

me sentiré en tus brazos tan querido

que moriré en tu pecho enamorado.

     Desde muy antiguo y desde los rincones más recónditos del planeta, en todas las literaturas, culturas, tradiciones religiosas también, los seres humanos han cifrado como han podido, y a veces han podido hacerlo de una manera ilustremente buena, sus grandes aventuras. Pienso en la aventura de Ulises que tiene que estar 7 años recorriendo mares para ir de una ciudad arrasada por el fuego (Troya) a una casa que le reconoce como propia (Ítaca). Pienso en los argonautas Jasón y sus compañeros, que tienen que juntarse para buscar el vellocino de oro. Pienso en Gilgamesh y en enkidu, que tienen que buscar la flor azul (el lapislázuli), la inmortalidad, algo que les libre de la muerte. Pienso en el pueblo hebreo que tiene que vagar por desiertos pedregosos, insalubres y solitarios, acompañados de un Dios que se manifiesta como nube, o que se revela como zarza que quema. Muchas y muy preciosas aventuras. Pienso en Antígona, que tiene que luchar dignamente para que los suyos puedan recibir al menos el polvo de una sepultura digna. Hay bellísimas aventuras en la historia de los hombres. Muchas de ellas, como la de Prometeo, tiene que ver con la aventura del ser humano lanzándose a la búsqueda de Dios: Prometeo que va a buscar el fuego, que lo consigue y lo regala a los hombres, desconocedor de las consecuencias fatales que esto conllevará.

     Sin embargo, ninguna aventura, de ésas que están en los libros de nuestras bibliotecas, puede compararse en su preciosidad, en su vértigo, en su osadía, en su maravilla, con la de la poesía mística. Aquí está la aventura más fascinante, la épica más maravillosa de la historia. El viaje de la palabra hacia la carne, el viaje de Dios hacia la historia, el encuentro absolutamente definitivo de Dios con la sedienta alma del ser humano.

      Por eso, en mi libro quiero hablar de la carne y de la palabra. Quiero hablar con mi carne de la experiencia de la Palabra. Me gustaría presentar el guión no de un discurso, sino de una experiencia; ojalá no caiga en la tentación de traicionar a mi carne, de traicionar a mi vida.

     En definitiva, los poemas de este libro son un canto al amor de Dios, como una fuente que no cesa de manar, como el agua que quita la sed y refresca, que purifica y sostiene en el camino…; como la fuente que se convierte en punto de encuentro y referencia en el camino, que permite trazar una ruta en el desierto de la vida…  Es la fuente que mana y corre cada día, la fuente del amor de Dios donde se encuentra la salvación que da la vida. Como dice el poema de S. Juan de la Cruz, compuesto durante su prisión en Toledo donde el poeta místico permaneció en cautiverio durante largos meses, y cuyos versos constituyen una de las expresiones más logradas y bellas del deseo profundo del hombre, la experiencia del Dios más buscado en el centro del alma:

“Que bien sé yo la fonte que mana y corre,

aunque es de noche.

1. Aquella eterna fonte está escondida,

que bien sé yo do tiene su manida,

aunque es de noche.

2. Su origen no lo sé, pues no le tiene,

mas sé que todo origen de ella tiene,

aunque es de noche.

3. Sé que no puede ser cosa tan bella,

y que cielos y tierra beben de ella,

aunque es de noche…”

Juan Antonio Ruiz-Rodrigo (De la presentación del poemario La voz de tu latido)

Message from Jesús Fernández Hernández for the Forty-First Award Ceremony of the Fernando Rielo World Prize for Mystical Poetry

Rome, December 18, 2021

I extend my warmest greetings to the distinguished members of the Jury, to all the ecclesiastical and civil authorities, to the organizers of this event, and to all those who are online—lay people, priests, and religious—that have wished to accompany us in this Forty-First Award Ceremony of the Fernando Rielo World Prize for Mystical Poetry, which we are holding in this format because of the ongoing pandemic.

I am also addressing the ten finalist poets, who, having been chosen from among the 267 participants from 29 countries, have received recognition from the Fernando Rielo Foundation through the Jury’s judgement, which has been published in the international press. Our greetings, finally, to all the participants—many of them present online for this solemn event—whom we thank for their dedication in offering us their contributions and expressing the best of themselves.

If we want to know precisely what mystical poetry is, we must take into account, first of all, what poetry really is. Poetry, in Fernando Rielo’s opinion, is born with man. There has been no event that has not deserved the mausoleum of a poem. He assures us that “this greatness of language is due to the fact that poetry recreates what science cannot: the suffering thought of human creatures that cannot decipher the mystery of themselves.”[1] Poetry is inside the human being, but “it becomes a poem when the multiple resources of a language are placed at the disposal of the chosen aesthetic images that evoke the truth, the goodness, and the beauty of the cry of love.”[2]

If I refer to current poetry, I agree with Fernando Rielo that many poets have followed so-called “weak thinking.” This World Prize for Mystical Poetry, in its forty-one years of existence, has had the mission of confronting “weak poetry,” which has been running away from the natural effort and the inner demand for inspiration. “Inspiration,” Federico García Lorca used to say, “is fine, but you’d better hope it catches you working.” These are the textual words: “If it is true that I am a poet by the grace of God, it is also true that I am a poet by the grace of technique and effort.”[3]

I think we have achieved the result that many poets—more than 10,000 participants, in these forty-one years—have set out on the path towards that “strong poetry” which is the poetry of the great: “a poetry that is prophecy, confession, exigency, and testimony; a poetry that is entirely praise reflected in the experience of joy over the divine.”[4] This experience of jubilation is what is reflected in the poem when it has gone through the pain of love: “Yes, poet: love and pain are your kingdom,” says the Nobel Prize winner Vicente Aleixandre in his book Sombra del paraíso (Shadow of Paradise).

“There are poets,” the creator of this Prize affirms, “who know how to strengthen their vision, their experience of the divine, and there are poets who dedicate themselves to reducing or annulling this connatural or genetic vision by projecting their negativity into the aestheticism of language, in a taste for the fragmentary and the ephemeral, in affective sensorialism, or in the formless intensity of the instinctive. I affirm, in the face of this climate of anti-poetry, that whoever is capable of the effort of generosity, whoever is capable of the exigency of being sensitive to unity, to truth, to goodness, and to beauty, cannot be an atheist. That is why I state, in one of my proverbs in Transfiguration, that “atheism is thought / that flees from effort.”[5]

Gabriela Mistral, in her Decalogue of the Artist,declares “there is no atheistic art. Even if you do not love the Creator, you will affirm Him by creating in his likeness.” In Poetas españoles contemporáneos (Contemporary Spanish Poets), Dámaso Alonso uses these accurate words: “All poetry is religious. Sometimes it will seek God in Beauty. It will go to the minimum, to the subtlest delights, even to the game, perhaps. At other times it will turn, with intimate tearfulness, towards the smoky center of mystery; it will perhaps reach blasphemy. It doesn’t matter. If it tries to reflect the world, it imitates creative activity. When it sings with humble wonder, it blesses the Father’s hand. If it becomes resolute and wrathful, it recognizes the oppression of the mighty presence. If it is poured out into the great unknowns that torment the heart of man, it knocks at the great door. The poetry of all times thus goes in search of God.”[6]

Fernando Rielo takes it for granted that religious poetry is inseparable from the poetic enterprise. Everyone is called to explicitly or implicitly name God. If all are called to religious poetry, few are chosen for mystical poetry. Paralleling St. John of the Cross, we are all called to the highest degree of perfection of union with God, but the reason why so few arrive, he affirms in Living Flame of Love, “is not because God wants there to be only a few of these spirits that are raised up—rather, He would want them all to be perfect—but because He finds few vessels that will undergo such a high and lofty undertaking.”[7] All possible efforts and exigencies, taken on in mystical freedom, are the proper crucible to give celestial form to this burning flame of love.

According to these reflections, mystical poetry must go far beyond poetry in general and religious poetry in particular. What, then, is mystical poetry? If mystical life is an experience that contains the humanization of the divine for the divinization of the human, the poetic expression of this humanization-divinization should be offered to us—in extraordinary fashion, passing through all the aesthetic resources of language—by mystical poetry, which becomes a true or authentic literary genre. This is how Fernando Rielo expresses himself in this respect: “I affirm that mystical poetry, possessing its own autonomy, is a true literary genre because it elevates to art the expression of the experience of personal union with God, sculpted by the pain of love. Mystical poetry—in not being a search for a time or place to be transcended or a search for new aesthetic recreations, in not being susceptible to manipulation or linguistic games, in not drifting into mere technique or experimentation, in not constituting paths to knowledge or states of catarsis—is the most disinterested of all the arts. There is mystical poetry where every search, every meditation, every discourse, every effort of technique and linguistic manipulation, and every merely human projection end. If words do not detach themselves from their physis, from their literalness, from their projected phenomenology; if poets are satisfied with their verses, if they look at themselves and contemplate themselves in their own poems, there is no mystical poetry. Mystical poetry is personification, it is a face, it is the presence of a soul united to the divine…. Mystical poetry, using the best aesthetic possibilities of the word, consists of personal [theanthropic] communication—that is, in the personal action of God in the human person together with the human person…. Mystical poetry is not meditation on the basis of anecdote, however much the latter is transcended, nor is it a way of knowing the divine. In this sense, I paraphrase a well-known sentence of the Doctor of Carmel: “The mystic knows poetry through God, and not God through poetry.”[8] All communicative knowledge is reduced to a charismatic, penetrating touch that God freely produces in the human being with the free response of the human being. This mystical touch is inspiration and ecstasy. Someone has said that in “ecstasy is found the freedom of history and its events.” I affirm, rather, that ecstasy is mystical libertas amoris of the divine libertas amoris.”[9] The creator of this prize goes on to affirm that “in the face of all egotization and indifference, in the face of all dehumanizing and desacralizing zeal, the mystical poet has a definite regal, prophetic, and priestly mission: to announce, with freedom defined by the creative beauty of love, betrothed divine filiation, a gift that all mortals, if they decisively accept it, can, for heavenly immortality, receive from the Most Holy Trinity.”[10]

But it must be borne in mind that “mystical experience is not reducible to particular molds of poetic expression; rather, mystical poetry involves an enormous creativity of forms that lend their dexterity to analytical study. This aesthetic polychrome radiates into spoken and written language. The supreme model of this mystical poetry, Fernando Rielo goes so far as to affirm, is Christ Himself, “the greatest poet, who, through love, elevates tragedy to the highest lyric sculpted into pure Word: the Word of incarnate gold and redeeming blood. I unite myself with Him to man, bleeding humanity: to Arabian prophecy, because Christ is a prophet; to the Jewish race, because He is of their race; to all religion, because He is the Anointed One; to the atheist and agnostic, because Christ is their brother. This is the hour in which the poet must become the herald of a mystical peace that only begets peace, that only begets love: love and its beauty, even if there is dark fog. Christ, our poet, from his humanity made a poem of broken verses for the health of a wandering human being who, as an indefatigable child, would form by himself a vivid poem from a dead leaf.”[11] The Gospel presents us with innumerable examples of daily life that teach us the transcendent dimension of all human activity, however humble it may be, and also makes us sharers in the heavenly transcendence of all nature. Christ raises to the dignity of the kingdom of God a humanism which, beginning in this life, acquires in heaven the supreme grandeur of the just who shine like the sun with the Father.

“The Gospel thus contains the code, the genetic reading of mystical poetry: the fullness of divine love incarnated in Christ is expressed by means of the most diverse literary forms, unsurpassed until today: the parable, synthesis of comparison and metaphor; the doxology, supreme expression of praise and exaltation; the paradigm, example of narration that implies the profound wisdom of the proverb and the sentence; the parenesis, exhortative discourse of full teaching; the hymn, the supplication, the thanksgiving, the acclamation, the metaphor, the allegory, and so on. I can affirm that in the word of Christ is found the seed of all possible literary forms. My sentence for current theology and, in general, for Catholic and ecumenical culture, is serious: the theologian, the person engaged in hermeneutics, the moralist, and the believer lack poetry.”[12]

In his message for the World Prize for Mystical Poetry on December 11, 1995, Fernando Rielo also made the following exhortation, valid for our times, even though these are times of pandemic: “Allow me to make an urgent invitation to all those who feel themselves summoned by the unmistakable power of poetry so that, amassing mystical experience and culture, they may be the authentic architects who, in scanning their inspired word, design the new buildings, the new parks, the new squares, the new avenues, which will give the most distinguished configuration, the most finished sumptuousness to the emblematic capital of art—that is, mystical poetry.”[13] And in his message of December 1990, he ended his speech with these exhortative words: “I summon young people to rise again, as in ancient times, to discover the mystical life until you reach with unceasing step the summit of that union that St. John of the Cross defines as total transformation of love in the Beloved, where, insofar as possible in this life, your soul is made divine. Walk, recollected by the three royal faculties or powers I attribute to the soul and its virtue: a mind formed in faith, a will formed in hope, and a freedom formed in love.”[14]

With these words of the poet, philosopher, mystic, and founder Fernando Rielo, I conclude this message, in which I have tried to faithfully reflect the spirit that he wanted to transmit to those who, in feeling themselves to be poets, produce, with their confession, art, and witness, what mystical poetry means: true peace, mystical joy, and authentic freedom, which only the union of divine love can produce, even if there is pain and dark fog.

Thank you.

Fr. Jesús Fernández Hernández, M.Id

                                                                     President of the Fernando Rielo

    World Prize for Mystical Poetry


[1] Fernando Rielo, Message, December 6, 1985.

[2] Fernando Rielo, Message, December 13, 2000.

[3] F. García Lorca, Obras completas, vol. III, (Barcelona, 1997), 308.

[4] Fernando Rielo, Message, December 9, 2003.

[5] Fernando Rielo, Message, December 9, 2003.

[6] Dámaso Alonso, Obras Completas, IV (Madrid, 1975), 878-879.

[7] Living Flame of Love, 2, 27.

[8] Flame, 4.4.

[9] Fernando Rielo, Message, December 14, 1998.

[10] Fernando Rielo, Message, 12 December 2002.

[11] Fernando Rielo, Message, December 10, 1990.

[12] Fernando Rielo, Message, December 12. 1996.

[13] Fernando Rielo, Message, December 11, 1995.

[14] Fernando Rielo, Message, December 10, 1990.

Donde más amanece, de Daniel Cotta Lobato (Córdoba, ESPAÑA) gana el XLI Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística.

“La poesía recrea lo que no puede hacer la ciencia: el doliente pensamiento de una criatura humana que no logra descifrar el misterio de sí misma” (Fernando Rielo)

La obra Soy la mujer extranjera, de María del Milagro Dallacaminá (Salta, ARGENTINA) se ha hecho acreedora de una mención de honor por los miembros del Jurado.

La proclamación de la obra ganadora ha tenido lugar en acto público desarrollado en formato online— este sábado 18 de diciembre, a las 17h de Europa.

Con el poemario Donde más amanece, Daniel Cotta Lobato, Córdoba – España) ha obtenido el XLI Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, con una dotación de 7.000 €, la edición de la obra y una medalla conmemorativa. La obra ha sido seleccionada de entre 267 poemarios procedentes de 28 países. 

Donde más amanece es una obra formada por sonetos, algunas décimas endecasílabas y composiciones no estróficas, que explora la presencia escondida de Dios en la cotidianeidad e indaga en sus claves más íntimas. El poeta sabe descubrir, en medio de la roma realidad, el asombro de lo sobrenatural, y nos proporciona a menudo finales sorpresivos, que nos sumergen en una atmósfera celestial.

En dicha obra el yo lírico que habla se hace prójimo en un texto expansivo. El poemario se constituye en un cuaderno de bitácora universal, en el que el yo poético es todos los hombres y mujeres, todas las historias, como en un abrazo abarcador. Esa experiencia brota de la adhesión a Dios, quien es todo en todos; es una mística de la fraternidad, del amor desinteresado del samaritano

El Presidente de la Fundación Fernando Rielo, P. Jesús Fernández Hernández, en su mensaje, dirigido a todos los asistentes afirmó: «la poesía, en opinión de Fernando Rielo, nace con el hombre”. “Débese esta grandeza del lenguaje a que la poesía recrea lo que no puede hacer la ciencia: el doliente pensamiento de una criatura humana que no logra descifrar el misterio de sí misma”[1]. La poesía está en el interior del ser humano, pero “se hace poema cuando los múltiples recursos de una lengua se ponen en función de las escogidas imágenes estéticas que evocan la verdad, la bondad y la belleza del llanto del amor[2]».

Más adelante añadía: «Este premio mundial de poesía mística, en sus 41 años de existencia, ha tenido la misión de hacer frente a una “poesía débil”, que ha estado huyendo del natural esfuerzo y de la exigencia interior de inspiración. “La inspiración —venía a decir Federico García Lorca— está bien, pero realmente más te vale que te pille trabajando”. Suyas son las palabras textuales: “Si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios, también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo[3]»

Para concluir, el Presidente del Premio recordaba las palabras exhortativas con las que Fernando Rielo terminaba su Discurso del Premio Mundial de Poesía Mística de 1990: «Convoco a los jóvenes para alzaros de nuevo, como en tiempos antiguos, a descubrir la vida mística hasta alcanzar con incesante paso la cima de esa unión que san Juan de la Cruz define por total transformación de amor en el Amado donde vuestra alma quede, cuanto se puede en esta vida, hecha divina. Caminad recogidos por los tres regios claustros o potencias que digo del alma y su virtud: una mente formada en fe, una voluntad formada en esperanza, y una libertad formada en el amor»[4].

Los otros finalistas fueron

Adela Guerrero Collazos (Cali, Colombia), Carlos González García (Fresnedillas de la Oliva, Madrid, España), Edgardo Alarcón Romero (Curicó, Chile), Jesús Antonio Loya González (Chihuahua, México), Jesús Martínez García (Zaragoza, España), Porfirio Salazar (Coclé, Panamá), Robert M. Randolph (Carmichaels, Pensilvania, Estados Unidos) y Rosa Catarina Piñeiro Fariña (Vilagarcía de Arousa, Pontevedra, España).

El Jurado estuvo conformado por D. Jesús Fernández Hernández, Presidente de la Fundación y del Jurado; el Dr. D. Darío Villanueva Prieto, miembro de la Real Academia Española y Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Santiago de Compostela. Desde octubre de 2020 Profesor emérito de la misma; Dr. D. Santiago Acosta Aide, Rector de la Universidad Técnica Particular de Loja, y crítico literario; D. David Gregory Murray, Crítico literario y el Dr. D. José Mª López Sevillano, Secretario Permanente del Premio.

La presente edidicón del Premio ha contado con un amplio Comité de Honor conformado por el Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Carlos Osoro Sierra, Cardenal Arzobispo de Madrid, y Presidente del Comité de Honor; el Excmo. Sr. D. Luis María Anson, Miembro de la Real Academia Española; Excma. Sra. Dra. Dª Aurora Egido Martínez, Secretaria de la Real Academia Española; el Excmo. Sr. Dr. D. Luis Alberto de Cuenca, miembro de la Real Academia de la Historia y poeta; la Excma. Sra.  Dra. Dª Mirian de las Mercedes Cortés Diéguez, Rectora Magnífica de la Universidad Pontificia de Salamanca; el Excmo. Sr. Dr. D. Javier Prades López, Rector Magnífico de la Universidad Eclesiástica San Dámaso; el Excmo. Sr. D. Juan Van-Halen Acedo, poeta y Presidente de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles; el Excmo. Sr. D. Ramón Pernas López, escritor. Miembro de la Academia Pontificia Auriense-Mindoniense de San Rosendo; el Excmo. Sr. Dr. D. Jesús Muñoz Diez, prorrector de la Universidad Pontifica de Ecuador Sede Ibarra; la Excma. Sra. Dra. Dª Luján González Portela, Prorrector de la Universidad Pontidfica de Ecuador Sede Santo Domingo; el Ilmo. Sr. Dr. D. Andrés Sánchez Robayna, poeta y Catedrático de la Universidad de La Laguna; el Ilmo. Sr. D. Jaime Siles Ruiz, poeta y Catedrático de la Universidad de Valencia, y el Dr. D. Francisco Javier Sancho, Director del Centro Internacional Teresiano Sanjuanista.

Esta XLI edición, es la segunda ocasión en que el Acto del fallo ha debido realizarse de forma on-line, lo que ha facilitado la asistencia de numerosas personas de países de todo el mundo. El prestigio adquirido a lo largo de estos 41 años ha hecho posible que se haya celebrado en sedes tan relevantes como la UNESCO, la ONU, el Campidoglio del Ayuntamiento de Roma, la Sala Gótica del Ayuntamiento de Colonia, la Embajada de España ante la Santa Sede, el Instituto Cervantes en sus sedes de Roma y Nueva York, o la Universidad Pontificia de Salamanca entre otras.

Por último, el carácter ecuménico del premio ha hecho que lo hayan obtenido poetas de distintas confesiones religiosas, demostrando la capacidad de la poesía mística para unir a las culturas y a las religiones.

Breves notas biográficas de Daniel Cotta Lobato (1974 )

Daniel Cotta Lobato nació en Málaga en 1974, aunque reside en Córdoba desde 2008. Es Licenciado en Filología Hispánica y ejerce en la actualidad como profesor de Lengua en el instituto Nuevas Poblaciones de La Carlota (Córdoba).

En el campo de la narrativa, ha publicado tres libros: la sátira Videojugarse la vida (Funambulista, 2012), la novela histórica Verdugos de la media luna (Almuzara, 2018) y la novela infantil El duende de los videojuegos (Premium, 2019), que obtuvo el Premio de Narrativa Infantil y Juvenil de la Diputación de Córdoba en 2017.

Como poeta, ha publicado Beethoven explicado para sordos (Diputación de Córdoba, 2016), Alma inmortalmente enferma (De Torres, 2017), Como si nada (Libros Canto y Cuento, 2017), Dios a media voz (Gollarín, 2019), ganador del Premio San Juan de la Cruz de Poesía Mística de Caravaca; El beso de buenas noches (Renacimiento, 2020); Alpinistas de Marte (Pre-Textos, 2020), ganador del Premio Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás; y Alumbramiento (Adonáis, 2021).

Como dramaturgo, ha publicado Amniótica (Libros Canto y Cuento, 2020), cuya adaptación por José Mateos ha sido representada en Jerez, Sevilla, Málaga y otros escenarios de la geografía española. 

Como ensayista, ha escrito en colaboración con Enrique Gallud Jardiel la obra humorística El arte a juicio (Éride Ediciones, 2021).

Fragmentos del poemario Dónde más amanece: 

OFRECIMIENTO

Como el que da una rosa. ¡Con qué agrado

la ve quien la recibe en pleitesía!

Así te ofrezco yo, Señor, el día

(que es tuyo) y el latir de mi costado

(tuyo también), te ofrezco mi alegría

 (que es tuya, tuya y tuya) y, apenado,

te ofrezco la aflicción (que no he buscado), l

a cruz de este dolor (que no quería),

mi ser (que es tuyo), mi vivir terreno

(tuyo, Señor), y este montón de cosas

tuyas, tuyísimas que das sin freno.

Como eres tierra fértil y rebosas,

te las devuelvo porque ya estoy lleno.

Y a Ti te gusta que te ofrezcan rosas.

TÁNDEM

Señor, Tú naces cada vez que muero.

Tú alumbras cada vez que yo me apago.

Tú cantas cada vez que yo enmudezco.

Tú te levantas cada vez que caigo.

No temeré, porque mis ojos ciegos

 se apoyan en la aurora de tus manos.

El polen del dolor que tuve dentro

ha dado a luz la bendición de un árbol,

un árbol donde trinan los jilgueros,

un árbol que Tú nutres desde abajo.

Por él me has dicho que caer al suelo

 era el camino para ser más alto.

Pues siempre que hay oscuridad, me enciendo.

Y cada vez que hay muerte, yo renazco.

Cada vez que hablan los silencios, rezo.

Y siempre que me caigo, me levanto.

Mira, Señor: el cascarón se ha abierto.

Ahí va mi alma, apriétala en tu mano.

TAIMADA

La golondrina disimula bien.

Nos quiere hacer tragar que sus cabriolas,

sus giros, sus parábolas

son fruto improvisado del instinto.

Y cuando no miramos,

saca compases, redefine ángulos,

calcula trayectorias

para que nos quedemos tan perplejos,

tan ebrios de hermosura

que digamos:

«No hay más remedio que inventarse a Dios».


Mensaje del presidente

     MENSAJE DEL PRESIDENTE 

D. JESÚS FERNÁNDEZ HERNÁNDEZ

AL IX PREMIO INTERNACIONAL DE MÚSICA SACRA FERNANDO RIELO

Madrid, 13 de noviembre de 2021

Señoras y señores:

Saludo al Maestro Ignacio Yepes, compositor y director de orquesta y Presidente del Jurado, a los demás miembros del Jurado: Alfredo Vicent, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y concertista de guitarra; José Antonio Esteban Usano, compositor y profesor del Conservatorio Profesional de Música de Cuenca; y Mª Victoria Rullán, Secretaria del Jurado y Directora del Aula de Música de nuestra Fundación; a los cuatro finalistas —Raffaele Esposito (Italia), Nicholas Gotch (Reino Unido), Matteo Magistrali (Italia) y Luis Meseguer Mira (España)— seleccionados entre los 47 compositores, procedentes de Alemania, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Grecia, Italia, Marruecos, México, Noruega, Reino Unido y Venezuela.

Saludo, asimismo, a todos los presentes y, en especial, a los que han intervenido en la realización de este IX Premio Internacional de Música Sacra, establecido por Fernando Rielo, consciente de la enorme crisis que, en general, acucia al arte religioso y al arte auténticamente humano en la sociedad contemporánea.

La crisis del arte, de la que no escapa la música y con ella la música sacra, viene acompañada —según común sentir— por la crisis del pensamiento y la crisis de la práctica religiosa. Sin embargo, ahí está el ser humano, con sus preocupaciones, sus miedos, sus fracasos y sus éxitos, capaz de amar y de hacer el bien, capaz de buscar la verdad, la belleza y la unidad, capaz de compasión y solidaridad en las desgracias que agobian a otros semejantes, sobre todo en estos tiempos de pandemia. Pero el hombre es siempre un ser insatisfecho de lo que hace, siempre intentando asumir o dar sentido al dolor y a la muerte que observa como algo inexorable. La anestesia que le produce un cierto pensamiento débil o relativista, el escepticismo y el hedonismo, nunca podrán borrar su sed de transcendencia y su apertura a la infinitud de un Padre celeste que, amante, siempre le espera y quiere hacerle partícipe de sus inefables bienaventuranzas: convertir las lágrimas del dolor en místico consuelo y transformar la violencia y agresividad del mal en la paz del corazón de quienes, siendo sus hijos, se hacen sus hijos, porque el Verbo les dio poder “de hacerse hijos de Dios” (Jn 1,12).

Recordemos que existen y coexisten, desde tiempos inmemoriales, la “música litúrgica” y la “música religiosa”. La música litúrgica por excelencia ha sido durante siglos el canto gregoriano con el que han competido los ritos orientales y, de modo especial, los occidentales como el vétero-romano, ambrosiano, beneventano, galicano y mozárabe. Esta música litúrgica y religiosa ha aportado valores extraordinarios a la música universal.

Pero, ¿qué es, en realidad, la música sacra según Fernando Rielo? Primero debemos señalar que la música litúrgica y la música religiosa poseen los siguientes caracteres: profético, religioso, litúrgico, cultual, comunitario, cultural. Sus formas musicales son numerosísimas: la Misa, el Réquiem, el Te Deum, el Magníficat, el Stabat Mater, el Oratorio, la Cantata, el Motete, el Salmo, el Himno o el Villancico, entre otras. Destacamos composiciones conocidas como la Missa Solemnis de Beethoven, el Te Deum de Berlioz, el Magnificat de Bach, el Stabat Mater de Pergolesi, los Réquiem de Mozart y de Verdi, el Mesías de Händel, o el Gloria de Vivaldi.

Ahora bien, las propiedades que hemos destacado, y que se encierran, de algún modo, en estas clásicas e inmortales composiciones, vienen potenciadas e incluidas en la concepción mística de la música. Toda música es mística si atendemos a su calidad y universalidad, que residen en la potenciación, aceptación y diálogo. Fernando Rielo afirma que «La música sacra es místico sentir del espíritu humano que expresa su filial comunicación con Dios, invocada en la más cualificada armonía que puede producir la técnica comunicativa del lenguaje musical […]. Toda música es, en este sentido, sacra si el artista con primorosa exigencia moral evita los obstáculos que se ciernen sobre la pureza e inefabilidad de la inspiración».  

Solo el carácter místico, escondido en el misterio de la unión de Dios y el hombre, define la música sacra como acción teantrópica, esto es, expresión estética, por medio del talento o práctica musical, de la acción de Dios en el ser humano con el ser humano.

El Premio Internacional de Música Sacra, apreciando los cánones de la música litúrgica y religiosa, quiere ir más allá, al fondo del corazón del hombre donde toda música, antes de realizarse en sálmica, hímnica, coral o polifónica, es el mismo hombre unido a Dios. No existe ser humano que no posea constitutivamente este “religare”, este unitivo, cuyo término si no es Dios, es —lamentablemente— un sustituto de Dios: un ídolo o una proyección que le oprime, quitándole el ontológico o espiritual oxígeno que necesita para ser persona entre personas.

El ser humano es, ineluctablemente,  un ser místico —lleno de misterio— que, en palabras de Fernando Rielo, viene definido por una constitutiva presencia de Dios que lo inhabita y le otorga su místico patrimonio de hijo. Solo este Padre celeste, lejos de cánones estrechos o de insoslayables prejuicios, es capaz de infundir en el artista la inspiración de una belleza divina para expresar creativamente la unión íntima del ser humano con el Absoluto. «La calidad de la música sacra —afirma Fernando Rielo—, no reducida exclusivamente a lo cultual o litúrgico, consiste en la mayor evocación carismática que, con cultivada técnica, ofrezcan a nuestra sensibilidad los más altos valores espirituales del ser humano».

La música, como todo arte, es comunicación. Pero lo importante en el arte no es lo que se comunica, sino la forma cómo se comunica. La música comunica la vivencia interior mediante el silencio y el sonido, el ritmo y la melodía, pero no se reduce a estos. La música es tensión entre espacio e inmensidad, entre tiempo y eternidad porque Dios, que es inmenso y eterno, entra en el espacio y el tiempo para comunicarse con el ser humano. Dios es música absoluta que, en “silencio sonoro”, como viene a decir Fernando Rielo, desciende al espacio y tiempo para transformar al hombre en música de Dios.

La música debe ser primordialmente ecuménica. Es “casa común” de todas las religiones, mentalidades y culturas; es el verdadero ecumenismo, que se encuentra en el místico patrimonio de un espíritu, dispuesto a recibir la plenitud de la inspiración. Según Fernando Rielo, podemos saber que esta plenitud es auténtica por las siguientes notas: la potenciación del amor y nunca la reducción por el egoísmo; la inclusión del convivium y nunca la exclusión por el individualismo; el diálogo de la comunicación y nunca el monólogo de la rigidez por la intransigencia o fanatismo. La potenciación del amor asume el sacrificio, el servicio, el perdón; la inclusión del convivium es ágape, convivencia, fiesta, celebración; el diálogo de la comunicación es escucha, atención, aceptación, enriquecimiento.

Debo afirmar, finalmente, que Cristo es el músico por excelencia que, acompañando a los discípulos en los himnos (Mt 26,30), revela a la humanidad que su Verbo es música y fuente musical que da vida al espíritu. Su Palabra constituye la celestial música que solo un oído enamorado puede cincelar en mística música sacra. Podemos así afirmar que, si el hombre es música de Dios, Dios es música del hombre.

Mi felicitación a los autores de las obras finalistas, y de modo especial al ganador de este Premio. Les invito a seguir por el camino marcado por el don recibido de la música para ayudar al necesitado ser humano a entrar en ese hermoso aposento de su alma porque, como sentencia Fernando Rielo, «El alma es música / que en el cielo comienza / …y en él culmina».

Un cordialísimo saludo a todos los presentes.

Fdo.: P. Jesús Fernández Hernández

                        Presidente

Los 12 finalistas del Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística en su XL edición

Julio Estorino, El delirio del barro (Miami, Estados Unidos). Este libro apela desde el comienzo al origen de lo poético: la palabra, la inspiración, con una confianza férrea en las posibilidades expresivas propias, y un gran optimismo existencial. Sus poemas abundan en imperativos, que convocan al Tú lírico desde un ímpetu vital que canta a la existencia, con una variedad de sentimientos religiosos: el silencio, el vacío que acompaña a la fe, la búsqueda interior. Hay un sentido oracional, de súplica urgente, pero también de disponibilidad, y todo ello sin tensiones, con una conformidad que se acompasa a la cadencia métrica del octosílabo o del endecasílabo: “Que te proclame mi boca / como único Salvador, /  que te cante a ti, mi roca, / pues toda la vida es poca / para cantar en tu honor”. Venero de alegría es esta poesía, confiada y optimista, aún cuando articula la dicicultad de la fe, las asperezas del camino, el frío de la ausencia. Se recrea también la alegría vital de estar en Dios, en la que todo es inmediato y familiar, pero abierto a la trascendencia, a los horizontes más prometedores.

 

Francisco Jiménez Carretero, La luz silente de tus manos altas (Albacete, España). Dios es luz para el autor de este poemario, y por eso sus composiciones a menudo quedan enmarcadas en crepúsculos, momentos fronterizos de luz en los que la cercanía divina se hace palpitante y sensorial. Hay poemas de mucha fuerza visual, con la mirada del poeta en busca de la luz: la caudalosa luminosidad del día o la incierta llama interior en la espesura de la noche: “Y mañana, si viene noche oscura, / inúndame de luz esta andadura / con el nítido brillo de tu llama”. Este marco luminoso se abre al paisaje transfigurado del alma en el que el cielo queda siempre cerca y es anuncio de la presencia divina. Hay fuerza evocadora en los versos, un impulso que nos lleva al contacto tibio de lo divino, formulado en una invitación al ascenso: “Tan a mano está todo, Dios, ahora / que podría sin más acariciarte / a la altura del tiempo y luego amarte, / sereno y apacible, en cada hora”. Dios espera, asimismo, al poeta en la otra orilla, la de los hombres, hacia cuyo encuentro hay que hacer una travesía generosa. Poesía ingrávida que nos invita al vuelo del alma, al desasimiento de las cosas.

 

Iván Cabrera Cartaya, Las terrazas misteriosas (Tenerife, España). Desde las páginas iniciales del libro, el poeta invoca: “Porque, Señor, el mundo es tu alfabeto. / Y a su lectura he dedicado / la existencia y sus fuerzas, la inmediata paciencia, / el instante y su eternidad”. Fiel a este programa, la voz poética descifra el misterio del Dios escondido en la íntima sustancia de la realidad: en “la fragua del horizonte”, “los paseantes solitarios”, “los nidos donde pájaros plurales responden con su canto”. Hay una hermandad con la naturaleza, con los signos precisos de lo celestial que en ella encuentra el que esté dispuesto a leerlos. Pero lejos queda el poeta de una visión panteísta de Dios, que es, de forma invariable, un Tú personal al que se apela, y cuyo rastro fresco late en la textura de las cosas y las criaturas: “He visto destellos de tu hermosura / en todo lo mirado. / Todo lo he visto con los ojos / del que anhela los tuyos”. El poeta está constantemente en salida, con los ojos atónitos del que sabe contemplar, pero también con la conciencia íntima del que convierte la mirada en meditación. El resultado es una poesía que avanza serenamente al ritmo del poeta caminante, el cual hace de cada poema un hito de su contemplación: “el mundo tiene, Dios, en esta noche / la exacta perfección que le has dado, / […] y el nudo misterioso de tu amor”.

 

Antonio Bocanegra Padilla, Estos días sin albas (Cádiz, España). La obra empieza exponiendo la desolación del poeta ante la tierra yerma que una epidemia deja tras de sí, y que transforma la sociedad humana en un escenario de pequeño apocalipsis. Es como si los puntales de la realidad claudicaran, y el poeta buscara entonces el abrigo del único asidero en el que sostenerse, el Dios que no falla nunca: “Solo me quedas tú, Señor, / el último reducto al que me aferro, / la tabla a la deriva / en el mar tormentoso de este tiempo”. Todo se desmorona en torno al yo poético, en una experiencia de anonadamiento vital, y lo circundan solo escombros de aquello que constituía su entorno existencial. Si el mundo se desploma, el poeta sabe, no obstante, que Dios no se ha ido, y su presencia es anuncio de un encuentro salvador: “A pesar de la noche y sus silencios, / a pesar de que todo suena quieto / de Dios oigo sus pasos que se acercan, / ya me roza su aliento”. Estamos ante una obra que representa la búsqueda personal de lo divino en la tradición de la poesía mística y religiosa.

 

Anely Fundora Moreno, A solas con Dios (Lagundo, Italia). Peregrinaje, restauración, vendimia, intimidad sintetizan el recorrido que la autora hace de su vida en diálogo con el amado. La poesía fluye con sencillez, pero con profundidad, expresada en estrofa variada: sonetos, cuartetos, octavas reales, décima espinela y una muestra amplia de verso libre. Su pluma suplicante, impetrativa, panegírica y profética brota atribulada, en busca de la luz, desde una conciencia marcada por la caída: “Soy la nube y el viento sin la lluvia, / una mujer estéril, en penumbra. / No tengo claridad en las ventanas, / ni escuchan mis oídos tu guitarra”. La actitud del hablante lírico es la de rehabilitarse, por lo que suplica verse sanado, y da a su poesía el dinamismo reiterado de la plegaria: “Moldea mi vasija con tus manos, / hilvana el martirio de sus grietas, / sé el vigía que enciende la linterna / para alumbrar mis trazos”. Todo el poemario es una interpelación al Tú divino, al que se confía el propio ser, la vida entera. De este modo, A solas con Dios es un breviario poético, la crónica de un alma apasionada que quiere vaciarse en el Amado, en una decisión de abandono total.

 

Juan Antonio Ruiz Rodrigo, La voz de tu latido (Ciudad Real, España). Los sonetos de este libro, distribuidos hábilmente alrededor de la observancia de las horas canónicas, despliegan una poesía caracterizada por la dulzura, y labrada con pasión de orfebre. Las imágenes brotan de una única fuente: el amor a Dios, expresado con un verbo encendido, que nunca desfallece. Dios es, con signo evangélico, hontanar, pero también mar que inunda el corazón del poeta. Los versos nos transmiten un sentimiento palpitante, de cordial vibración. La mirada poética se eleva al cielo, ansiosa de horizontes, y la voz lírica se enuncia con acentos de plegaria enamorada: “No me dejes sin voz: ven, resucita; / No acrecientes mi sed, no me condenes, / que hoy mi alma en tu ausencia se marchita”. La tonalidad poética se modula en una dulce ensoñación, que pone el cosmos como testigo: “Me esperarás soñando, dulcemente, / la eterna y renacida primavera; / Vigilará la luna en la frontera / del ocaso desnudo e indiferente”. Cada soneto es un jalón expresivo por el que el alma da cauce al dolor del amor: poesía, en definitiva, luminosa, que unge la conciencia del lector con celestial emoción.

 

María Pilar Martínez Barca, El envés de la cruz (Zaragoza, España). En los poemas iniciales del libro, la autora concibe un diario poético en el que reconstruye su itinerario biográfico desde la infancia. De este modo, aspira a encontrar en los recodos y episodios de la vida personal las huellas de un Dios al que hay que interpretar desde el presente de la edad madura: “La soledad fue impregnando de luz / las pequeñas noches de mi infancia, en aquel cuarto / de ensoñación y juegos, lindante al paraíso”. En el resto del poemario, resuena un acento de honda sinceridad, y la voz lírica, con aliento confesional, se une a Jesús en las horas de la Pasión, con emocionadas paráfrasis evangélicas. Hay una lúcida conciencia del itinerario espiritual que se ha de recorrer, no exento de interrogantes que aspiran a hacer más claro el camino. Poesía de gran dinamismo expresivo, intensidad amorosa, celebrativa y dialogal: “Contigo no bastan las metáforas, / ni un prosaísmo trasnochado. / Son mis labios nombrándote / y tus manos llamándome a la ternura / los que van convocando al sobresalto, / y al relámpago súbito, y a la hoguera”. Sabe combinar bien variados temas bíblicos que sellas su viaje lírico hacia la plenitud: “No hay temores ni fieras que acechen ya la plenitud”.

 

Kelly Johanna Platero Villamil, El encuentro (Bogotá, Colombia). Esta es una poesía proclamada desde el misterio de la oculta presencia divina, que no solo se encuentra como latido profundo en la creación, sino de forma especial en la intimidad personal del hablante lírico. Tal constatación no la proporciona el trueno o el terremoto, sino el murmullo interior que habita el alma. Dios palpita incluso en el habitáculo material de la persona lírica: “Mis átomos / guardan / la memoria de tu tacto”. Es un libro que invita a la contemplación, a la actitud orante, y comparte con el lector el descubrimiento de lo divino, que es una voz que brota desde lo más hondo: “Somos eco / de un canto infinito. / Los prismas / reflejándose / en las horas más oscuras. / Escucha: en esta hoja que cae / se detiene el tiempo”. Estos poemas transmiten, con delicadeza y brevedad, la incidencia de la infinitud en cada instante. La mirada poética se hace extática y se traduce en voz rumorosa para el lector: “Es exactitud / la ternura revelada / en la sonrisa de un niño. / La maravilla / de una noche estrellada / en la aridez del desierto”.

 

María del Carmen Rodríguez Nozal, De la confesión nocturna (Ciudad de México, México). Con un lenguaje sensorial, de imágenes plásticas, este poemario despliega la expresión del amor entre el yo lírico y Dios en dos partes: la primera, acompañada del verso clásico (soneto, décimas, liras, romance…) y la segunda, en verso libre que discurre espontáneo. Se trata de una poesía unitiva, que se articula desde la elección consciente del Tú divino. El alma está situada en la senda de la entrega, y pasa por las distintas coyunturas del camino espiritual. Prevalece la búsqueda y la sed de Dios: “Escribo para llamarte, Amor, escribo / versos perdidos entre los árboles, / para buscarte entre la niebla y mis visiones, / versos como antorchas que llevo entre las manos”. Pero también se expresa el momento dichoso, aunque breve, de la unión: “Un instante de unión con el Amado / es una eternidad y solo al verlo / me sueltan esas ansias de buscarlo”. En suma, el libro plasma el recorrido de un alma asida de la fe, que proclama sin ambages su pasión amorosa por lo celestial: “Disuelta en su dulzura, / en éxtasis, arrobada y abierta / fundida en la frescura / como ave que despierta / de una ensoñación, abrí la puerta”.

 

Carlos Alberto González Varela, Mi voz en tu ribera (Rosario, Argentina). Libro compuesto mayoritariamente de sonetos, en los que la relación con Dios se desgrana en las más variadas formas de la búsqueda religiosa, desde la desolación que causa la ausencia divina, pasando por el desengaño ante la esquiva actitud del Amado, hasta la instantánea alegría que el toque de Dios provoca en el alma, que reclama más hondura. La voz poética se enuncia con una fuerza tal, que se sabe llegará sin demora a la “ribera divina”, de forma que Dios no pueda quedar indiferente: “Empapada mi voz del sentimiento / que sacude la paz de mis arenas, / te llegará cual flecha enajenada”. Esa voz aspira a la regalía del diálogo con Dios, no quiere ser monólogo ni clamor en el yermo: “Mi voz te seguirá, tenlo por cierto, / aunque me adentres en un mar desierto, / aunque me hieras con certero dardo”.  El silencio divino es un misterio que el yo poético quiere descifrar, y no ceja en el empeño ni consiente en ser presa del desánimo. Son poemas de gran fuerza expresiva, de impulso apasionado, que saben alcanzar cotas de belleza mediante un lenguaje sencillo y elegante.

 

Ingrid Zetterberg de Espinoza, Nacida para adorarte (Lima, Perú). El mundo poético de este libro configura un espacio sellado: un jardín, un prado, un paisaje breve y sin habitantes. Es el recinto bucólico en el que la voz poética convoca a Dios para el encuentro amoroso: “¡Cómo anhelo tus ventanas / tus sagradas puertas / mi Señor! / En secreto / alarga tu mano / y llévame a tus prados”. La emoción amorosa ha llevado al yo lírico a la máxima economía, tan solo Dios y el alma, cuyo anhelo es colmarse de la dicha que únicamente la fusión de amor puede procurar. Son versos delicados, breves y susurrantes, que perciben a Dios permanentemente cercano, por lo que hay un espíritu de adviento que recorre los poemas. Dios llega, y su proximidad se asocia, una y otra vez, a un anhelo extático de unión: “condúceme a tu estancia / y lléname / de la eternidad / de tu mirada”. En fin, nos encontramos ante un verso oferente que expresa paz y silencio ante una presencia divina que traspasa toda frontera sensorial como lluvia fuerte, viento impetuoso, música dulce, perfume deleitoso.

 

Eliana Cevallos Rojas, Noventa y seis días y una confesión (Baden, Suiza). El hablante poético choca con una realidad áspera, en la que intuye la amenaza agazapada de la muerte. Su mundo se repliega en el dolor, y hay un sentimiento de desamparo que se hace llanto personal: “Y es que quiero llorar, / quiero un cielo apagado / que comparta mi luto, / mi pena, mi vacío, / mis ojeras interminables”. Este sentimiento agónico viene alimentado no solo por el sufrimiento personal, sino también por la aflicción que se hace solidaria de una humanidad aplastada por la desdicha: “Camino por el quebranto; / me embriaga la soledad, / la tristeza de todos los hombres”. En este camino de espinas, el yo lírico no encuentra alivio alguno, sumido como está en la soledad, en la imposibilidad del abrazo amistoso. Es una poesía para tiempo de crisis, de desamparo existencial, que se interioriza y expresa con un acento de profunda humanidad. La segunda parte del poemario se desarrolla en una clave biográfica que rescata los escenarios infantiles y los asocia a la experiencia de una fe íntima, para sincerarse en versos recios, como esculpidos.