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Presentación del poemario «Donde más amanece» de Daniel Cotta Lobato

El viernes 14 de octubre, a las 19:00 h. tuvo lugar en el Salón de Actos del Excmo. Ateneo de Sevilla, la presentación del poemario Donde más amanece, de D. Daniel Cotta Lobato, obra ganadora del XLI Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística de 2021 al que concurrieron 267 poemarios procedentes de 28 países.

En el acto, que estuvo presidido por D. Miguel Cuevas Pérez, Bibliotecario del Ateneo, intervinieron el poeta D. Carmelo Guillén Acosta, D. Jesús Cotta Lobato, poeta galardonado y hermano del autor, así como doña Ascensión Escamilla Valera, directora general de la Fundación Fernando Rielo.

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Presentación del libro «La voz de tu latido»

La obra que estamos presentando es un libro de poesía mística, basada en experiencias personales, que tiende a buscar constantemente el latido de una voz interior que nos atrapa y nos seduce. Para mí la poesía mística es adentrarse en el misterio del alma que anhela el encuentro con Dios. Como dice el Salmo 62, “mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua,…”. También San Juan de la Cruz, nuestro poeta místico español del Siglo de Oro, expresaba así su deseo ardiente de Dios: “aquesta viva fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.

     En este sentido, el fundador de los misioneros y misioneras identes, Fernando Rielo, gran pensador, filósofo, metafísico, escritor y poeta, afirma que la poesía mística “consiste en expresar con destreza poética los diversos modos de la íntima experiencia personal que, en amor y dolor, el alma tiene de su unión con Dios…” Así, “la poesía mística tiene por finalidad la confesión de la fe. La palabra humana, siendo imagen y semejanza de la palabra divina, debe trazar con mística pincelada un lenguaje de perfumadas esencias escondidas que evoque, sin embargo, el celeste destino humano”.

     El libro que tiene entre sus manos está compuesto de sonetos, con fuerza expresiva, de impulso apasionado, hasta alcanzar –desde mi juicio– niveles de belleza mediante un lenguaje sencillamente elegante. En estos poemas se percibe la relación con Dios en diversas formas de anhelada búsqueda, desde la desesperación de la noche oscura, pasando por la decepción ante la aparente esquivez y aspereza del Amado, hasta el inmenso gozo por el encuentro amoroso con el Dios de  la vida en el hondón del alma. Os invito a adentraros en esta obra, a detenerse en el lenguaje, en las metáforas, en los paralelismos, en los recursos estilísticos, en definitiva, en la lengua, que es una especie de campo por el que pasamos todos los días desconocedores de que debajo de las huellas que pisamos hay tesoros escondidos. Si tocamos las palabras, si las preguntamos, si llamamos a la aldaba de sus puertas con cuidado, las palabras nos sorprenden, nos regalan, nos orientan, nos dan vida.

     Así, el poemario comienza con un soneto que expresa el dolor ante la ausencia del amor divino:

Me está doliendo el alma intensamente,

hasta afligir mi pecho malherido,

como un temblor de pájaro vencido,

o el suspiro sin fin de un beso ausente.

El agua de tu mar, con paso urgente,

inunda el corazón de amor perdido,

que dentro de mi ser cada latido

es una muerte dulce y transparente.

Derrámame en tus manos de alfarero,

pues sin tu amor la vida es un morirse,

bajo la piel de un llanto duradero.

¡Tanto sufrir de amor, tanto afligirse,

para un vivir muriendo, prisionero

de tanto amar y arder sin consumirse!

     La noche oscura, que está viviendo el alma del poeta, es una necesidad imperiosa de volver al pasado, en un tiempo y espacio nostálgico. Es una necesidad de huida: intentos desesperados para salir de traicioneras emociones. Es un desconcierto: no se sabe qué camino seguir. Es Desesperanza: imposibilidad de ver la luz al final de un túnel angosto y tenebroso. Así dice el poeta:

Déjame en tu paisaje ver la nieve

del cielo que me tienes prometido,

déjame oír la voz de tu latido,

y harás que mi esperanza se renueve.

Muéstrate en tu esplendor, deja que pruebe

de ese pan que levanta al hombre herido,

arráncale a tu viento su silbido,

antes de que mi grito se subleve.

Permíteme surcar en tus riberas

mi vital y lejana singladura

de los sueños de Dios y sus laderas.

Mas, ¿no dejas pasar mi noche oscura,

después de suplicar de mil maneras

por ver amanecer tu blanca albura?

     De este modo, la mirada poética se eleva al cielo, y la voz lírica se enuncia con tanta fuerza, que se sabe que llegará sin tardar a la “orilla”, de tal manera que Dios no puede permanecer impasible:

Si pasión yo te doy, tú me das cielo,

tenue brisa serás para mi vida,

otro viento de paz amanecida,

que revele el destino de este vuelo.

Si te entregas a mí, oh tierno anhelo,

cicatrizas la sangre de mi herida;

verdad eres al fin, lucha vencida,

tras tanta soledad y desconsuelo.

Me convoca en mi orilla tu ternura,

el temblor de una eterna primavera,

que el afán de otro tiempo nos procura.

¡Oh, castillo interior! ¡Ay, dulce hoguera!,

apaga ya la voz de esta locura,

que una lluvia de rosas nos espera.

     Creo que esta obra es un reflejo de cómo el poeta místico está anclado en esta vida entre los dos polos del misterio de Cristo: tristeza y gozo, dolor y amor, cruz y gloria, muerte y resurrección. Esta bipolaridad es la experiencia vivida por el poeta místico, testigo privilegiado de la obra de Dios en el mundo:

Te necesito así, crucificado,

hombre de Dios y siervo de dolores;

Necesito tus gritos salvadores

en la cruz redentora del pecado.

Te necesito, Dios, así hermanado

con los hombres que sufren mil temores,

y preparan tu cruz, devoradores

de tu cuerpo tan débil y entregado.

Necesito la ofrenda de tu vida,

para vencer mi miedo traicionero,

y sentir el latido de tu herida.

Te necesito, sí, porque te quiero,

y aunque mi fe se aleje malherida,

me esperarás clavado en tu madero.

     De este modo, este libro es un poemario compuesto bajo la forma métrica del soneto, y estructurado según las horas de la oración monástica, en distintos momentos del día, que a su vez se vinculan con las distintas etapas de la vida. De esta manera, la Liturgia de la Horas no sólo marca el ritmo de la jornada, sino que permite al orante participar en el Misterio de Dios, que celebra, canta y contempla a lo largo de toda una vida. Los poemas, revestidos de ecos bíblicos y de la tradición mística, tratan de expresar el profundo anhelo de un alma enamorada de encontrarse con Dios, al ritmo de las horas litúrgicas, sufriendo los sinsabores de la noche oscura, vacíos y penurias, hambrunas y sequedades, y entreviendo al fin el gozo del amor divino. Así dice el poeta:

Me esperarás soñando, dulcemente,

la eterna y renacida primavera;

Vigilará la luna en la frontera

del ocaso desnudo e indiferente.

Despertarán las aguas de tu fuente,

y encontraré tu nave en la ribera;

Volará la gaviota a su manera,

y te veré en tu cielo transparente.

Me esperarás, te dolerá mi olvido,

llorarás el furor de mi pecado,

y encontrarás tu pulso en mi latido.

Me esperarás, regresaré a tu lado,

me sentiré en tus brazos tan querido

que moriré en tu pecho enamorado.

     Desde muy antiguo y desde los rincones más recónditos del planeta, en todas las literaturas, culturas, tradiciones religiosas también, los seres humanos han cifrado como han podido, y a veces han podido hacerlo de una manera ilustremente buena, sus grandes aventuras. Pienso en la aventura de Ulises que tiene que estar 7 años recorriendo mares para ir de una ciudad arrasada por el fuego (Troya) a una casa que le reconoce como propia (Ítaca). Pienso en los argonautas Jasón y sus compañeros, que tienen que juntarse para buscar el vellocino de oro. Pienso en Gilgamesh y en enkidu, que tienen que buscar la flor azul (el lapislázuli), la inmortalidad, algo que les libre de la muerte. Pienso en el pueblo hebreo que tiene que vagar por desiertos pedregosos, insalubres y solitarios, acompañados de un Dios que se manifiesta como nube, o que se revela como zarza que quema. Muchas y muy preciosas aventuras. Pienso en Antígona, que tiene que luchar dignamente para que los suyos puedan recibir al menos el polvo de una sepultura digna. Hay bellísimas aventuras en la historia de los hombres. Muchas de ellas, como la de Prometeo, tiene que ver con la aventura del ser humano lanzándose a la búsqueda de Dios: Prometeo que va a buscar el fuego, que lo consigue y lo regala a los hombres, desconocedor de las consecuencias fatales que esto conllevará.

     Sin embargo, ninguna aventura, de ésas que están en los libros de nuestras bibliotecas, puede compararse en su preciosidad, en su vértigo, en su osadía, en su maravilla, con la de la poesía mística. Aquí está la aventura más fascinante, la épica más maravillosa de la historia. El viaje de la palabra hacia la carne, el viaje de Dios hacia la historia, el encuentro absolutamente definitivo de Dios con la sedienta alma del ser humano.

      Por eso, en mi libro quiero hablar de la carne y de la palabra. Quiero hablar con mi carne de la experiencia de la Palabra. Me gustaría presentar el guión no de un discurso, sino de una experiencia; ojalá no caiga en la tentación de traicionar a mi carne, de traicionar a mi vida.

     En definitiva, los poemas de este libro son un canto al amor de Dios, como una fuente que no cesa de manar, como el agua que quita la sed y refresca, que purifica y sostiene en el camino…; como la fuente que se convierte en punto de encuentro y referencia en el camino, que permite trazar una ruta en el desierto de la vida…  Es la fuente que mana y corre cada día, la fuente del amor de Dios donde se encuentra la salvación que da la vida. Como dice el poema de S. Juan de la Cruz, compuesto durante su prisión en Toledo donde el poeta místico permaneció en cautiverio durante largos meses, y cuyos versos constituyen una de las expresiones más logradas y bellas del deseo profundo del hombre, la experiencia del Dios más buscado en el centro del alma:

“Que bien sé yo la fonte que mana y corre,

aunque es de noche.

1. Aquella eterna fonte está escondida,

que bien sé yo do tiene su manida,

aunque es de noche.

2. Su origen no lo sé, pues no le tiene,

mas sé que todo origen de ella tiene,

aunque es de noche.

3. Sé que no puede ser cosa tan bella,

y que cielos y tierra beben de ella,

aunque es de noche…”

Juan Antonio Ruiz-Rodrigo (De la presentación del poemario La voz de tu latido)

Message from Jesús Fernández Hernández for the Forty-First Award Ceremony of the Fernando Rielo World Prize for Mystical Poetry

Rome, December 18, 2021

I extend my warmest greetings to the distinguished members of the Jury, to all the ecclesiastical and civil authorities, to the organizers of this event, and to all those who are online—lay people, priests, and religious—that have wished to accompany us in this Forty-First Award Ceremony of the Fernando Rielo World Prize for Mystical Poetry, which we are holding in this format because of the ongoing pandemic.

I am also addressing the ten finalist poets, who, having been chosen from among the 267 participants from 29 countries, have received recognition from the Fernando Rielo Foundation through the Jury’s judgement, which has been published in the international press. Our greetings, finally, to all the participants—many of them present online for this solemn event—whom we thank for their dedication in offering us their contributions and expressing the best of themselves.

If we want to know precisely what mystical poetry is, we must take into account, first of all, what poetry really is. Poetry, in Fernando Rielo’s opinion, is born with man. There has been no event that has not deserved the mausoleum of a poem. He assures us that “this greatness of language is due to the fact that poetry recreates what science cannot: the suffering thought of human creatures that cannot decipher the mystery of themselves.”[1] Poetry is inside the human being, but “it becomes a poem when the multiple resources of a language are placed at the disposal of the chosen aesthetic images that evoke the truth, the goodness, and the beauty of the cry of love.”[2]

If I refer to current poetry, I agree with Fernando Rielo that many poets have followed so-called “weak thinking.” This World Prize for Mystical Poetry, in its forty-one years of existence, has had the mission of confronting “weak poetry,” which has been running away from the natural effort and the inner demand for inspiration. “Inspiration,” Federico García Lorca used to say, “is fine, but you’d better hope it catches you working.” These are the textual words: “If it is true that I am a poet by the grace of God, it is also true that I am a poet by the grace of technique and effort.”[3]

I think we have achieved the result that many poets—more than 10,000 participants, in these forty-one years—have set out on the path towards that “strong poetry” which is the poetry of the great: “a poetry that is prophecy, confession, exigency, and testimony; a poetry that is entirely praise reflected in the experience of joy over the divine.”[4] This experience of jubilation is what is reflected in the poem when it has gone through the pain of love: “Yes, poet: love and pain are your kingdom,” says the Nobel Prize winner Vicente Aleixandre in his book Sombra del paraíso (Shadow of Paradise).

“There are poets,” the creator of this Prize affirms, “who know how to strengthen their vision, their experience of the divine, and there are poets who dedicate themselves to reducing or annulling this connatural or genetic vision by projecting their negativity into the aestheticism of language, in a taste for the fragmentary and the ephemeral, in affective sensorialism, or in the formless intensity of the instinctive. I affirm, in the face of this climate of anti-poetry, that whoever is capable of the effort of generosity, whoever is capable of the exigency of being sensitive to unity, to truth, to goodness, and to beauty, cannot be an atheist. That is why I state, in one of my proverbs in Transfiguration, that “atheism is thought / that flees from effort.”[5]

Gabriela Mistral, in her Decalogue of the Artist,declares “there is no atheistic art. Even if you do not love the Creator, you will affirm Him by creating in his likeness.” In Poetas españoles contemporáneos (Contemporary Spanish Poets), Dámaso Alonso uses these accurate words: “All poetry is religious. Sometimes it will seek God in Beauty. It will go to the minimum, to the subtlest delights, even to the game, perhaps. At other times it will turn, with intimate tearfulness, towards the smoky center of mystery; it will perhaps reach blasphemy. It doesn’t matter. If it tries to reflect the world, it imitates creative activity. When it sings with humble wonder, it blesses the Father’s hand. If it becomes resolute and wrathful, it recognizes the oppression of the mighty presence. If it is poured out into the great unknowns that torment the heart of man, it knocks at the great door. The poetry of all times thus goes in search of God.”[6]

Fernando Rielo takes it for granted that religious poetry is inseparable from the poetic enterprise. Everyone is called to explicitly or implicitly name God. If all are called to religious poetry, few are chosen for mystical poetry. Paralleling St. John of the Cross, we are all called to the highest degree of perfection of union with God, but the reason why so few arrive, he affirms in Living Flame of Love, “is not because God wants there to be only a few of these spirits that are raised up—rather, He would want them all to be perfect—but because He finds few vessels that will undergo such a high and lofty undertaking.”[7] All possible efforts and exigencies, taken on in mystical freedom, are the proper crucible to give celestial form to this burning flame of love.

According to these reflections, mystical poetry must go far beyond poetry in general and religious poetry in particular. What, then, is mystical poetry? If mystical life is an experience that contains the humanization of the divine for the divinization of the human, the poetic expression of this humanization-divinization should be offered to us—in extraordinary fashion, passing through all the aesthetic resources of language—by mystical poetry, which becomes a true or authentic literary genre. This is how Fernando Rielo expresses himself in this respect: “I affirm that mystical poetry, possessing its own autonomy, is a true literary genre because it elevates to art the expression of the experience of personal union with God, sculpted by the pain of love. Mystical poetry—in not being a search for a time or place to be transcended or a search for new aesthetic recreations, in not being susceptible to manipulation or linguistic games, in not drifting into mere technique or experimentation, in not constituting paths to knowledge or states of catarsis—is the most disinterested of all the arts. There is mystical poetry where every search, every meditation, every discourse, every effort of technique and linguistic manipulation, and every merely human projection end. If words do not detach themselves from their physis, from their literalness, from their projected phenomenology; if poets are satisfied with their verses, if they look at themselves and contemplate themselves in their own poems, there is no mystical poetry. Mystical poetry is personification, it is a face, it is the presence of a soul united to the divine…. Mystical poetry, using the best aesthetic possibilities of the word, consists of personal [theanthropic] communication—that is, in the personal action of God in the human person together with the human person…. Mystical poetry is not meditation on the basis of anecdote, however much the latter is transcended, nor is it a way of knowing the divine. In this sense, I paraphrase a well-known sentence of the Doctor of Carmel: “The mystic knows poetry through God, and not God through poetry.”[8] All communicative knowledge is reduced to a charismatic, penetrating touch that God freely produces in the human being with the free response of the human being. This mystical touch is inspiration and ecstasy. Someone has said that in “ecstasy is found the freedom of history and its events.” I affirm, rather, that ecstasy is mystical libertas amoris of the divine libertas amoris.”[9] The creator of this prize goes on to affirm that “in the face of all egotization and indifference, in the face of all dehumanizing and desacralizing zeal, the mystical poet has a definite regal, prophetic, and priestly mission: to announce, with freedom defined by the creative beauty of love, betrothed divine filiation, a gift that all mortals, if they decisively accept it, can, for heavenly immortality, receive from the Most Holy Trinity.”[10]

But it must be borne in mind that “mystical experience is not reducible to particular molds of poetic expression; rather, mystical poetry involves an enormous creativity of forms that lend their dexterity to analytical study. This aesthetic polychrome radiates into spoken and written language. The supreme model of this mystical poetry, Fernando Rielo goes so far as to affirm, is Christ Himself, “the greatest poet, who, through love, elevates tragedy to the highest lyric sculpted into pure Word: the Word of incarnate gold and redeeming blood. I unite myself with Him to man, bleeding humanity: to Arabian prophecy, because Christ is a prophet; to the Jewish race, because He is of their race; to all religion, because He is the Anointed One; to the atheist and agnostic, because Christ is their brother. This is the hour in which the poet must become the herald of a mystical peace that only begets peace, that only begets love: love and its beauty, even if there is dark fog. Christ, our poet, from his humanity made a poem of broken verses for the health of a wandering human being who, as an indefatigable child, would form by himself a vivid poem from a dead leaf.”[11] The Gospel presents us with innumerable examples of daily life that teach us the transcendent dimension of all human activity, however humble it may be, and also makes us sharers in the heavenly transcendence of all nature. Christ raises to the dignity of the kingdom of God a humanism which, beginning in this life, acquires in heaven the supreme grandeur of the just who shine like the sun with the Father.

“The Gospel thus contains the code, the genetic reading of mystical poetry: the fullness of divine love incarnated in Christ is expressed by means of the most diverse literary forms, unsurpassed until today: the parable, synthesis of comparison and metaphor; the doxology, supreme expression of praise and exaltation; the paradigm, example of narration that implies the profound wisdom of the proverb and the sentence; the parenesis, exhortative discourse of full teaching; the hymn, the supplication, the thanksgiving, the acclamation, the metaphor, the allegory, and so on. I can affirm that in the word of Christ is found the seed of all possible literary forms. My sentence for current theology and, in general, for Catholic and ecumenical culture, is serious: the theologian, the person engaged in hermeneutics, the moralist, and the believer lack poetry.”[12]

In his message for the World Prize for Mystical Poetry on December 11, 1995, Fernando Rielo also made the following exhortation, valid for our times, even though these are times of pandemic: “Allow me to make an urgent invitation to all those who feel themselves summoned by the unmistakable power of poetry so that, amassing mystical experience and culture, they may be the authentic architects who, in scanning their inspired word, design the new buildings, the new parks, the new squares, the new avenues, which will give the most distinguished configuration, the most finished sumptuousness to the emblematic capital of art—that is, mystical poetry.”[13] And in his message of December 1990, he ended his speech with these exhortative words: “I summon young people to rise again, as in ancient times, to discover the mystical life until you reach with unceasing step the summit of that union that St. John of the Cross defines as total transformation of love in the Beloved, where, insofar as possible in this life, your soul is made divine. Walk, recollected by the three royal faculties or powers I attribute to the soul and its virtue: a mind formed in faith, a will formed in hope, and a freedom formed in love.”[14]

With these words of the poet, philosopher, mystic, and founder Fernando Rielo, I conclude this message, in which I have tried to faithfully reflect the spirit that he wanted to transmit to those who, in feeling themselves to be poets, produce, with their confession, art, and witness, what mystical poetry means: true peace, mystical joy, and authentic freedom, which only the union of divine love can produce, even if there is pain and dark fog.

Thank you.

Fr. Jesús Fernández Hernández, M.Id

                                                                     President of the Fernando Rielo

    World Prize for Mystical Poetry


[1] Fernando Rielo, Message, December 6, 1985.

[2] Fernando Rielo, Message, December 13, 2000.

[3] F. García Lorca, Obras completas, vol. III, (Barcelona, 1997), 308.

[4] Fernando Rielo, Message, December 9, 2003.

[5] Fernando Rielo, Message, December 9, 2003.

[6] Dámaso Alonso, Obras Completas, IV (Madrid, 1975), 878-879.

[7] Living Flame of Love, 2, 27.

[8] Flame, 4.4.

[9] Fernando Rielo, Message, December 14, 1998.

[10] Fernando Rielo, Message, 12 December 2002.

[11] Fernando Rielo, Message, December 10, 1990.

[12] Fernando Rielo, Message, December 12. 1996.

[13] Fernando Rielo, Message, December 11, 1995.

[14] Fernando Rielo, Message, December 10, 1990.

Juicio de los miembros del Jurado de los diez finalistas del XLI Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística 2021

Edgardo Alarcón Romero

En el poemario Lirios amarillos al amanecer, la belleza del silencio, el poeta expresa su hondo sentir místico desde la conciencia material de ser tierra, barro, campo llamado a germinar. Muchos de los poemas se inician en un marco nocturnal, en el que las sombras se transfiguran por la cercanía amorosa de Dios, que toca íntimamente al alma: “En plenilunio de besos / y en rocío de amor / desciendes en plenitud deseada, esta noche, / en que mis pétalos se resquebrajan por tu ausencia, / y en esencias navegamos hasta la raíz nocturna, / y la savia del placer de estar contigo / ascendió hasta las hojas secas de mi dicha”. El libro brota, como matriz poética, de la imagen parabólica del campo sembrado, del lirio que es vestido por Dios, de las aves que Él cuida: “Nada podrá germinar sin tu presencia, / sin la luz que nace en tu mirada, / sin las aguas que descienden de tu costado herido, / sin el viento que mece a los trigales en las laderas pedregosas, / […] soy tierra enamorada / que ha sentido tus pasos acercándose”.

Daniel Cotta Lobato

Donde más amanece es una obra formada por sonetos, algunas décimas endecasílabas y composiciones no estróficas, que explora la presencia escondida de Dios en la cotidianeidad e indaga en sus claves más íntimas. El poeta sabe descubrir, en medio de la roma realidad, el asombro de lo sobrenatural, y nos proporciona a menudo finales sorpresivos, que nos sumergen en una atmósfera celestial. Cuando el hablante poético se dirige a la ofrenda amorosa de la cruz, brotan versos transfigurados por la emoción, con una actitud de total entrega e identificación con el dolor redentor: “Este dolor por el que aún me aflijo / y que me trae llorando hasta tus plantas / clavado y muerto está en tu crucifijo, / que de la sed de tus heridas santas / fluye una calma que me da cobijo: / Contigo está mi cruz y Tú la aguantas”. Los versos se suceden en un estilo directo, sin ambages, que va combinando hábilmente la expresión coloquial y desenfadada de los versos libres con la sencilla elegancia de los poemas estróficos. Hay siempre una apertura trascendental traspasada por el amor, que vibra aun en la ausencia: “hace tanto, Señor, que no te llamo, / hace tanto que creo que estás muerto, / son tantos años sin pisar tu huerto, / son tantos siglos sin decir te amo”.

María del Milagro Dallacaminá.

El yo lírico que habla en Soy la mujer extranjera se hace prójimo en un texto expansivo, cuyos versos fluyen con el impulso airoso de un torrente. Poesía esencialmente transitiva, en la que cada poema lleva por título un topónimo extraído de distintos puntos cardinales. De este modo, el poemario se constituye en un cuaderno de bitácora universal, en el que el yo poético es todos los hombres y mujeres, todas las historias, como en un abrazo abarcador. Esa experiencia brota de la adhesión a Dios, quien es todo en todos; es una mística de la fraternidad, del amor desinteresado del samaritano. Precisamente en el poema “Samaría”, la poetisa se multiplica en un abanico plural de identidades: “Soy la mujer extranjera / que en la hora del mediodía / […] repasa amores y dolores / junto al pozo. / Soy la mujer incansable / buscando la dracma perdida / y la que mezcla las medidas exactas / de levadura y harina. / Soy la mujer encorvada / de tantas penas / y la que siente cómo la sangre / caliente le corre por las piernas / hace años”. La mirada poética ve a Dios en cada hombre y criatura, en los caminos y encrucijadas de un mundo doliente, y da voz a esa presencia escondida, para identificarse con todo aquello en lo que late un pálpito de vida: “Soy junco junto al río, / erguida. / Soy mariposa / besando las flores. / Soy flor silvestre / pequeña / imperceptible / bella / para el que sabe mirar / y descalzarse”.

Carlos González García

Los poemas de Al latir de un Padrenuestro son paráfrasis de los versículos de la oración jesuánica. De este modo, cada unidad poética nos introduce en la resonancia interior que la plegaria divina produce en el espíritu del poeta. El tono es siempre apasionado, la voz lírica palpita y dibuja un paisaje interior de emocionados perfiles. Hay impetración, deliquio, apelación amorosa, confesión sincera: “Resucítame, / como Hostia derramada en mi creer, / del otoño que, en tu espera, llora y sangra; / y si tiemblo de ternura / en tu latir, / no es la noche / ni es el miedo, / Amado mío: / es el frío de tu ausencia / que me ahoga / cuando vivo en carne viva / sin tu amor”. A pesar de que el poeta discurre a veces en el contexto purificativo de la noche interior, el verso es decidido, la expresión firme, y sincera la apertura al Tú divino: “Que se haga lo que quieras, / si eres Tú / noche oscura, cielo o luz entre mis manos: / solo espero si, en la espera, esperas Tú / cuando rozo la presencia de tus ojos”.

Adela Guerrero Collazos

Los poemas de Alfarero de la luz están enunciados desde una actitud de alegre optimismo, con una voz lírica cuya seguridad brota de saberse sostenida íntimamente por Dios: “Aunque las olas me colmen de lo incierto, / Tú, siempre luz, / viviente / dentro, muy dentro”. Dios invita a la criatura, pronuncia su nombre, entona cantos para ella: “mientras me invitas / mientras me abrazas / escucho tus canciones de alfarero, / notas que recorren mis sentidos / y me llenan de la infinita calma / de llamarme hija”. Nada le parece imposible al alma. Los poemas transmiten un paisaje de nítidos contornos, sin penumbras; hay firmeza a la vez que delicadeza, con una emoción sobria y reveladora. Hasta la eventual ausencia del Amado se traduce en signos de esperanza, pues nada puede arrebatarle al yo lírico la certeza de saberse destinatario del amor divino: “Qué importa el tiempo de tu ausencia / qué importa el lugar donde me encuentro, / sé de tu Amor”.

Jesús Antonio Loya González

Los versos de la íntima oración es un libro que describe una cartografía marina de islas a la intemperie de lunas y cielos desolados. Hay templos en los que se lleva a cabo una liturgia cósmica en la que el poeta aspira a conseguir su redención. Se trata, en suma, de una íntima plegaria que brota de la certeza de un desamparo existencial: “Desde la playa contemplo, / coro de almas: / Su canto es el canto perpetuo de las caracolas, / bocas y ojos abiertos al infinito, / rostros desfigurándose en espiritual suspiro”. Hay en todo el libro un tono apocalíptico y una perspectiva visionaria, a los que se une voz profética que nos transmite, con lacerante clarividencia, la fugacidad de lo humano, la caducidad de la historia, frente a la infinitud de Dios: “Señor: / Desciendo / rumbo a la piedra infinitesimal, / rumbo a la oscura piedra del ángulo, / colosal, temible. / Desciendo y me atraviesa / el ángulo oscuro de la piedra… / Estoy cautivo en la piedra / preciosa del ángulo”.

Jesús Martínez García

Los sonetos de Tu cálido aliento invitan a una actitud de religiosa confianza en lo divino. La obra ofrece, además, composiciones signadas por una pasión amorosa que, con espontaneidad y sencillez, nos conducen a la esencial relación con Dios. El lector se siente convocado por la frescura de las imágenes: “Las cascadas aplauden esponsales, / me recibe un júbilo de flores, / un concierto de pájaros en vuelo. /Saludan con sus dedos los trigales, / del arco iris salen los colores, / ebriedad de campanas hacia el cielo”. El poeta vierte también, con lucidez atribulada, su experiencia del dolor del amor: “Qué duro es vivir enamorado / y no poder tenerte todavía, / el no salir del todo es agonía, / son dolores de parto mi costado”. Pero esa vivencia del Dios ausente no lleva al poeta al desarraigo; sabe cosechar mieses de esperanza en esos momentos de aridez, para concluir siempre con una nota de consuelo: “A pesar de no ver, te sigo amando. / Leyendo con los dedos voy rezando, / tanteando la luz de tus palabras. / Esperaré, Señor, hasta el milagro. / Ya mi fe bartimea te consagro. / Lo primero serás cuando los abras”.

Rosa Catarina Piñeiro Fariña.

En torno a la metáfora central de la eucaristía, las composiciones de Un fulgor cereal , en su mayoría sonetos, recrean la experiencia de la comensalidad. Amar es celebrar la carne que nutre y el vino que embriaga, todo ello en aras de la unión personal: “Tu cuerpo por el mío me diluye; / tu sangre por mi carne me disuelve, / ¿qué imposible simbiosis nos envuelve?, / ¿qué miserable muerte nos rehúye? / Serás exactamente lo que intuye / este amor comensal que nos resuelve”. El misterio prandial se desgrana en versos de poderosa expresividad, que dejan al desnudo un acento muy personal, y una actitud de religiosa entrega, sin titubeos. En otras composiciones no estróficas, la autora articula un lenguaje vigoroso, fraguado a golpes, con un efecto de corrosiva sinceridad: “Demasiado descalza / para dejarme licuar con palabras mendaces, musitadas, / recitadas con la naturalidad que distrae al moribundo / […] Son de barro los pies, recibieron la tundra de este frío, / pero sobre la bota: soy dada a regentarme demasiado descalza. / Sumamente calzada / para que el pan me baste en su fulgor frecuente”.

Robert M. Randolph

En el poemario Broken, el propio yo lírico nos plantea su origen enunciador: contemplando un paisaje en el que la naturaleza es la protagonista principal de cuanto abarca la vista, el poeta reconstruye mediante la escritura su experiencia interior de lo divino, recapitula su historia personal, hecha de soledad y caídas, pero también de un presente de conversión. La voz personal es profunda, sincera, es el tono de quien ha reencontrado el camino, y mira con confianza un mañana renovador. Los poemas adquieren, de este modo, la contextura de breves cuadros expresivos, donde lo sensorial se ve contrapesado por la experiencia interior, en un equilibrio elocuente: “Walking in winter / I’m suddenly lonely. / I would like to walk by the river, the deep pool, / that flows from Your hand” (Caminando en el invierno / Estoy súbitamente solo. / Quisiera pasear por el río, el profundo estanque, / que de tu mano fluye”. Hay en estos poemas una desnudez conmovedora, a la vez que una contenida emoción, que rompe (el libro se titula “Roto”) toda retórica artificialidad, y nos deja siempre un toque delicado de trascendencia.

Porfirio Salazar

Decimario divino despliega, en primorosas décimas, un paisaje de acongojada conciencia. El poeta recorre un viacrucis de dolor sin caer, sin embargo, en la desesperación o el desasosiego. La canción es para el yo lírico el viático poético; y la fe, su coraza espiritual. El alma aspira a vivir la purificación que la eleve sobre las cosas de este mundo: “mi duda fue tu misterio, / y esa duda, en cautiverio, / me hizo volar otra vez. / Soy el ave que tal vez / se hace pura en tu cauterio”.  Las décimas son jalones oracionales, en los que resuenan ecos de la poesía mística clásica e imágenes de raíz evangélica, recreados con trabajada naturalidad, todo ello con el ritmo jubiloso que la canción va escanciando: “Tú me buscas y me encuentro, / y si me escapo sonrío, / y si me encuentras: un río / me barniza desde adentro. / En tu nombre me concentro, / mi Dios de cielo y verdad, / me complazco en tu amistad / y en el trigal no vacilo, / ni la noche, con su filo, / me niega tu claridad”.

FALLADO El IX PREMIO INTERNACIONAL DE MUSICA SACRA FERNANDO RIELO

El compositor italiano Matteo Magistrali, ganador de la IX edición del

Premio Internacional de Música Sacra Fernando Rielo

El español Luis Meseguer Mira ha obtenido una Mención de Honor

El compositor italiano Matteo Magistrali con su obra Beati para coro mixto  y orquesta de cámara se ha proclamado vencedor del IX Premio Internacional de Música Sacra Fernando Rielo, dotado con 5.000 euros.Así mismo la obra“… porque serán consolados”, para coro mixto y orquesta de cámara de arcosdel compositor español Luis Meseguer Mira ha obtenido Mención de Honor.

El acto del fallo tuvo lugar en un concierto celebrado en la Parroquia San Miguel de los Santos de Madrid, el pasado 13 de noviembre, en el que se interpretaban por primera vez las cuatro obras finalistas:

“Beati” de Raffaele Esposito (Italia); “Beati” de Nicholas Gotch (Reino Unido); “Beati” de Matteo Magistrali (Italia);  y “… porque serán consolados” de Luis Meseguer Mira (España).

Las cuatro obras finalistas, fueron seleccionadas entre las 47 composiciones venidas de Alemania, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Grecia, Italia, Marruecos, México, Noruega, Reino Unido y Venezuela.

El Jurado de la presente edición del Premio estuvo compuesto por: Ignacio Yepes (presidente), compositor y director de orquesta; Alfredo Vicent, profesor del departamento de Música la Universidad Autónoma de Madrid y concertista de guitarra; José Antonio Esteban Usano, compositor y profesor del Conservatorio Profesional de Música de Cuenca; y Mª Victoria Rullán Miquel (secretaria), directora del Aula de Música de la Fundación Fernando Rielo. Todos ellos destacaron la gran calidad de todas las obras finalistas, que fueron muy aplaudidas en su presentación, así como la juventud de la mayoría de los compositores finalistas.

Las obras han sido interpretadas por la Orquesta de Cámara QNK.ÓPERA, conformada, en su mayor parte, por músicos conquenses, y dirigida por el maestro Ignacio Yepes.

El presente acto de proclamación y entrega del IX Premio Internacional de Música Sacra Fernando Rielo ha sido la primera actividad presencial que organiza la Fundación Fernando Rielo tras la pandemia.  Al mismo tiempo el concierto pudo ser seguido en directo a través de Youtube y  Facebook.

El galardón fue entregado, por el Presidente de la Fundación, p. Jesús Fernández, presente en el acto, quien tras felicitar al ganador y al resto de finalistas, les exhortó con sus palabras «a seguir por el camino marcado por el don recibido de la música para ayudar al necesitado ser humano a entrar en ese hermoso aposento de su alma porque, como sentencia Fernando Rielo, “El alma es música / que en el cielo comienza / …y en él culmina”.

El Premio, que se celebra cada dos años, está dotado con 5.000 €, y está dirigido a compositores de cualquier país sin límite de edad. El tema de esta IX convocatoria en el que se han basado las composiciones, que han de ser totalmente inéditas, ha sido:  “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.” “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mt 5, 5.9) para coro mixto y orquesta de cámara.

Breve reseña del ganador:

Matteo Magistrali (Varese – Italia, 1980). Su extensa formación musical incluye la ejecución de distintos instrumentos, canto coral, dirección coral e instrumental y composición. Ha estudiado en distintos afamados Conservatorios italianos y con los profesores:  Gabriel Manca y Sandro Satanassi. Ha participado en numerosos concursos obteniendo distintos premios entre los que cabe destacar el Primer Premio Internacional de Composición de ICC Japón en 1919. Cuenta en su haber con una gran cantidad de obras de forma especial para coro e instrumentales. En estos momentos es el director artístico del coro de la basílica de Gallarate (provincia de Varese), y forma parte de múltiples actividades relacionadas directamente con la música.

Breve reseña del autor distinguido con la Mención de Honor:

Luis Meseguer Mira (Granollers – España, 1995) La formación musical de Luís Meseguer se concretó en el Conservatorio Municipal de Música de Barcelona y en la Escuela Superior de Música de Cataluña ( ESMUC). Su actividad musical es múltiple y abarca distintas áreas. Llama la atención su deseo de aplicar la música para despertar en las personas su esencial deseo de ayudar a los demás, como se propone en su obra Tomorrow.

Gabinete de Comunicación

Fotos

Mensaje del presidente

     MENSAJE DEL PRESIDENTE 

D. JESÚS FERNÁNDEZ HERNÁNDEZ

AL IX PREMIO INTERNACIONAL DE MÚSICA SACRA FERNANDO RIELO

Madrid, 13 de noviembre de 2021

Señoras y señores:

Saludo al Maestro Ignacio Yepes, compositor y director de orquesta y Presidente del Jurado, a los demás miembros del Jurado: Alfredo Vicent, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y concertista de guitarra; José Antonio Esteban Usano, compositor y profesor del Conservatorio Profesional de Música de Cuenca; y Mª Victoria Rullán, Secretaria del Jurado y Directora del Aula de Música de nuestra Fundación; a los cuatro finalistas —Raffaele Esposito (Italia), Nicholas Gotch (Reino Unido), Matteo Magistrali (Italia) y Luis Meseguer Mira (España)— seleccionados entre los 47 compositores, procedentes de Alemania, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Grecia, Italia, Marruecos, México, Noruega, Reino Unido y Venezuela.

Saludo, asimismo, a todos los presentes y, en especial, a los que han intervenido en la realización de este IX Premio Internacional de Música Sacra, establecido por Fernando Rielo, consciente de la enorme crisis que, en general, acucia al arte religioso y al arte auténticamente humano en la sociedad contemporánea.

La crisis del arte, de la que no escapa la música y con ella la música sacra, viene acompañada —según común sentir— por la crisis del pensamiento y la crisis de la práctica religiosa. Sin embargo, ahí está el ser humano, con sus preocupaciones, sus miedos, sus fracasos y sus éxitos, capaz de amar y de hacer el bien, capaz de buscar la verdad, la belleza y la unidad, capaz de compasión y solidaridad en las desgracias que agobian a otros semejantes, sobre todo en estos tiempos de pandemia. Pero el hombre es siempre un ser insatisfecho de lo que hace, siempre intentando asumir o dar sentido al dolor y a la muerte que observa como algo inexorable. La anestesia que le produce un cierto pensamiento débil o relativista, el escepticismo y el hedonismo, nunca podrán borrar su sed de transcendencia y su apertura a la infinitud de un Padre celeste que, amante, siempre le espera y quiere hacerle partícipe de sus inefables bienaventuranzas: convertir las lágrimas del dolor en místico consuelo y transformar la violencia y agresividad del mal en la paz del corazón de quienes, siendo sus hijos, se hacen sus hijos, porque el Verbo les dio poder “de hacerse hijos de Dios” (Jn 1,12).

Recordemos que existen y coexisten, desde tiempos inmemoriales, la “música litúrgica” y la “música religiosa”. La música litúrgica por excelencia ha sido durante siglos el canto gregoriano con el que han competido los ritos orientales y, de modo especial, los occidentales como el vétero-romano, ambrosiano, beneventano, galicano y mozárabe. Esta música litúrgica y religiosa ha aportado valores extraordinarios a la música universal.

Pero, ¿qué es, en realidad, la música sacra según Fernando Rielo? Primero debemos señalar que la música litúrgica y la música religiosa poseen los siguientes caracteres: profético, religioso, litúrgico, cultual, comunitario, cultural. Sus formas musicales son numerosísimas: la Misa, el Réquiem, el Te Deum, el Magníficat, el Stabat Mater, el Oratorio, la Cantata, el Motete, el Salmo, el Himno o el Villancico, entre otras. Destacamos composiciones conocidas como la Missa Solemnis de Beethoven, el Te Deum de Berlioz, el Magnificat de Bach, el Stabat Mater de Pergolesi, los Réquiem de Mozart y de Verdi, el Mesías de Händel, o el Gloria de Vivaldi.

Ahora bien, las propiedades que hemos destacado, y que se encierran, de algún modo, en estas clásicas e inmortales composiciones, vienen potenciadas e incluidas en la concepción mística de la música. Toda música es mística si atendemos a su calidad y universalidad, que residen en la potenciación, aceptación y diálogo. Fernando Rielo afirma que «La música sacra es místico sentir del espíritu humano que expresa su filial comunicación con Dios, invocada en la más cualificada armonía que puede producir la técnica comunicativa del lenguaje musical […]. Toda música es, en este sentido, sacra si el artista con primorosa exigencia moral evita los obstáculos que se ciernen sobre la pureza e inefabilidad de la inspiración».  

Solo el carácter místico, escondido en el misterio de la unión de Dios y el hombre, define la música sacra como acción teantrópica, esto es, expresión estética, por medio del talento o práctica musical, de la acción de Dios en el ser humano con el ser humano.

El Premio Internacional de Música Sacra, apreciando los cánones de la música litúrgica y religiosa, quiere ir más allá, al fondo del corazón del hombre donde toda música, antes de realizarse en sálmica, hímnica, coral o polifónica, es el mismo hombre unido a Dios. No existe ser humano que no posea constitutivamente este “religare”, este unitivo, cuyo término si no es Dios, es —lamentablemente— un sustituto de Dios: un ídolo o una proyección que le oprime, quitándole el ontológico o espiritual oxígeno que necesita para ser persona entre personas.

El ser humano es, ineluctablemente,  un ser místico —lleno de misterio— que, en palabras de Fernando Rielo, viene definido por una constitutiva presencia de Dios que lo inhabita y le otorga su místico patrimonio de hijo. Solo este Padre celeste, lejos de cánones estrechos o de insoslayables prejuicios, es capaz de infundir en el artista la inspiración de una belleza divina para expresar creativamente la unión íntima del ser humano con el Absoluto. «La calidad de la música sacra —afirma Fernando Rielo—, no reducida exclusivamente a lo cultual o litúrgico, consiste en la mayor evocación carismática que, con cultivada técnica, ofrezcan a nuestra sensibilidad los más altos valores espirituales del ser humano».

La música, como todo arte, es comunicación. Pero lo importante en el arte no es lo que se comunica, sino la forma cómo se comunica. La música comunica la vivencia interior mediante el silencio y el sonido, el ritmo y la melodía, pero no se reduce a estos. La música es tensión entre espacio e inmensidad, entre tiempo y eternidad porque Dios, que es inmenso y eterno, entra en el espacio y el tiempo para comunicarse con el ser humano. Dios es música absoluta que, en “silencio sonoro”, como viene a decir Fernando Rielo, desciende al espacio y tiempo para transformar al hombre en música de Dios.

La música debe ser primordialmente ecuménica. Es “casa común” de todas las religiones, mentalidades y culturas; es el verdadero ecumenismo, que se encuentra en el místico patrimonio de un espíritu, dispuesto a recibir la plenitud de la inspiración. Según Fernando Rielo, podemos saber que esta plenitud es auténtica por las siguientes notas: la potenciación del amor y nunca la reducción por el egoísmo; la inclusión del convivium y nunca la exclusión por el individualismo; el diálogo de la comunicación y nunca el monólogo de la rigidez por la intransigencia o fanatismo. La potenciación del amor asume el sacrificio, el servicio, el perdón; la inclusión del convivium es ágape, convivencia, fiesta, celebración; el diálogo de la comunicación es escucha, atención, aceptación, enriquecimiento.

Debo afirmar, finalmente, que Cristo es el músico por excelencia que, acompañando a los discípulos en los himnos (Mt 26,30), revela a la humanidad que su Verbo es música y fuente musical que da vida al espíritu. Su Palabra constituye la celestial música que solo un oído enamorado puede cincelar en mística música sacra. Podemos así afirmar que, si el hombre es música de Dios, Dios es música del hombre.

Mi felicitación a los autores de las obras finalistas, y de modo especial al ganador de este Premio. Les invito a seguir por el camino marcado por el don recibido de la música para ayudar al necesitado ser humano a entrar en ese hermoso aposento de su alma porque, como sentencia Fernando Rielo, «El alma es música / que en el cielo comienza / …y en él culmina».

Un cordialísimo saludo a todos los presentes.

Fdo.: P. Jesús Fernández Hernández

                        Presidente